Café (el día de la nube tóxica)

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Foto: Marina Parra.

¿Viste cuándo la única razón para levantarte es pensar en el café que te vas a tomar? Y el día está gris, y truena, y no encontrás qué ponerte en los pies, y casi que vas al laburo con ojotas pero después pensás que es demasiado informal, entonces te ponés las sandalias altas, esas con las que sabés que no podés caminar mucho, esas que usaste por última vez el día del apagón -no fue hace tanto-, y te tuviste que volver caminando sesenta cuadras con esas sandalias, y cómo las puteaste, y las ampollas al día siguiente, y vos que no aprendés más.  Entonces vas caminando, sandalias y paraguas, pensando en el café que vas a tomar en la oficina porque nunca te levantás con tiempo: 8 cuadras, subte, 6 estaciones, combinación, 1 estación más, escalera, superficie.

Caminás por Avenida de Mayo las dos cuadras que te separan del edificio y sentís un olor raro, que te trae un recuerdo de la infancia: te acordás de una compañera de la primaria que se compraba paquetes de chizitos y palitos y los guardaba –abiertos- abajo del banco. Odiabas ese olor, sobre todo los días de humedad o de lluvia, como el de hoy. Llegás al trabajo y percibís cierta tensión en el aire, algunas corridas y –como si se las llevara el viento- las palabras “evacuar el edificio”. Después, en la fila del ascensor, alguien comenta algo sobre el incendio de un container en el puerto y un olor que podría ser tóxico.

Ya en la oficina, la televisión predice el apocalipsis: gente con mascarillas, mujeres con bebés corriendo, periodistas suponiendo hipótesis para eso que ya tiene nombre impactante: es “la-nube-tóxica”. El olor llena todos los espacios y se adueña de las conversaciones. En general, el clima ocupa ese lugar, pero hoy es el olor. La realidad es que te pica un poco la nariz y la garganta, pero ya no sabés si es por el humo, gas o lo que fuese, o por la cantidad de veces que escuchás hablar de eso (la repetición continua de las palabras “tóxico-gas-vías respiratorias-insecticida-veneno para ratas-mercurio-nos vamos a morir todos como bichos” parece tener un efecto inmediato en el organismo humano).

El llamado con la orden de evacuación no tarda en llegar y te disponés a bajar los 10 pisos por las escaleras, mientras pensás en el café que no fue y en lo raro que es irte a tu casa cuando no hace ni una hora que llegaste “porque hay olor”. En la calle, varias personas usan barbijos: ¿los llevan siempre en la cartera por si acaso? Gran misterio de la humanidad. Cruzan las calles como caballos salvajes, esquivando semáforos y vehículos, como si “el olor” los eximiera de sus obligaciones de peatón. Hablan por teléfono, envían mensajes o chequean las redes sociales (¿será alguna clase de juego que ignoro? “El que deja de hablar del olor por dos segundos pierde”). Los subtes no funcionan, las ambulancias piden permiso a gritos, la gente cruza sin mirar, los autos, colectivos, taxis, son ya una masa uniforme de ruedas y metal que intenta avanzar pero no puede. Con qué poco la ciudad se convierte en un caos. Me subo a un colectivo y pienso que el fin del mundo llegará cuando todos nos convenzamos de ello. Es la profecía que se autocumple. Para rematar la inverosimilitud de la escena, una señora en el colectivo le comenta a su compañera de asiento: “mirá que yo soy antikirchnerista, pero no creo que ellos estén detrás de esto”.

Me bajo del colectivo, camino unas cuadras y decido tomar el subte –que sólo funciona a medias, pero a mí me sirve igual-. Ya debajo de la tierra, me arrepiento. Hay mucha, pero mucha gente y todos quieren subir por una escalera angosta. Y quieren subir ya. Se amontonan, discuten, se enojan, pero no avanzan. Es una buena metáfora.

Finalmente el subte llega y después de unas cuadras más de caminata, yo también. Hace dos horas que dejé la oficina y ya no me acuerdo ni por qué. Lo único que quiero es tomar el bendito café. Y  deshacerme de las sandalias (que a esta altura del partido, son sinónimo de “caos urbano”). Así que ahora, si me disculpan, aunque sea la 1.30 de la tarde y esté más para almuerzo que para desayuno, voy a sacar el agua de la pava –que ya hierve- y a cumplir mi único propósito de la mañana. Que ya se fue.

(Este texto fue escrito el 6 de diciembre de 2012, día en que la Ciudad de Buenos Aires se vio convulsionada por una nube tóxica que monopolizó -durante varias horas-, la atención mediática y la conversación en las redes sociales. Recomiendo leer, también, la crónica publicada por Revista Anfibia).

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