La pared.

Hace un rato, en las paredes de los edificios cercanos al mío, se veían destellos rosas, rojizos, anaranjados. Eran indicios de un atardecer de esos que no-se-pueden-dejar-de-mirar, porque ejercen sobre uno un magnetismo cercano al embrujo y los ojos se quedan ahí, petrificados.

Pero no pude verlo. Entre las paredes de los edificios cercanos al mío hay una pared inmensa, que divide en dos mi campo visual. Es cielo, ventanas y patios ajenos de un lado, y pared, pared blanca, insulsa, doña pared, paredón, del otro.

Pesa sobre mi hogar la prohibición de ver atardeceres. Y pesa, sobre todo, después de una linda lluvia. No siempre fue así. Antes, desde otra calle, desde otro balcón, vi atardeceres inolvidables. [El de la foto fue uno de esos].

Ahora entiendo por qué quería absorberlos con la mirada, envolverlos para llevar, hacer una captura de pantalla mental. Es que a veces -no podemos saber cuándo- nos toca pared.

Advertisements

Respuestas.

¿Será que las respuestas a todo están en alguna parte agazapadas, esperándonos? Bajé a tomar el subte de vuelta a casa. Me senté en un banco de madera, la mochila entre las rodillas, mi atención puesta en localizar el libro que podría haber terminado el fin de semana (pero no) y que estaba ahí, en el fondo, aprisionado en medio de la ropa.

No pensaba más que en eso cuando vi acercarse al muchacho de las pulseras de macramé. Me preguntó si quería comprar alguna y le dije que no, que gracias. Después dijo no sé qué cosa de mi sonrisa y se sentó en la mitad vacía del banco.

Tomó un alambre fino, brillante, de color rojo. Y se despachó con un discurso sobre la vida y los talentos de cada persona y cómo el miedo y la rutina nos aplastan y el talento se queda en el fondo del cajón. Y con cada frase el alambre en sus manos formaba algo, un dibujo ondulado, una flor que también era una estrella que también era un espiral o un sol como el que dibujan los nenes en los cuadernos con tapas de papel araña.

Como todo discurso, el suyo era bastante genérico, universal. Me lo decía a mí pero bien podía valer para cualquier otra chica de otro banco de otra estación. Como el horóscopo del día, como un par de guantes. Podía valer, ese discurso, para todas las personas del mundo capaces de sentir la desazón de lo que no llega, la confianza íntima en lo que se sabe que se es -o que se podría ser-, salpicada por algunas inseguridades aquí o allá que nos asaltan casi siempre por las noches y nos dejan –inmóviles-, a la orilla del sueño, con los ojos abiertos de par en par.

Será que las respuestas a todo están en alguna parte agazapadas, esperándonos –pensé- y le agradecí: el discurso, la pequeña escultura de alambre. A veces somos tan parecidos. Nos reconfortan las mismas palabras, nos duelen las mismas penas. A veces.

-“¿Te vas a trepar a ese infierno?”- me preguntó cuando llegó el tren atestado de gente.
-“No. Al próximo”.

Quise leer pero estaba pensando en otra cosa.

Después llegó el siguiente subte, cerré el libro, levanté la mirada: una chica rubia sonreía en el otro extremo del andén. Llevaba una figura de alambre en la mano. Escuchaba un discurso bastante genérico, universal. Y sin embargo, sentía que estaba hecho para ella.

Café (el día de la nube tóxica)

IMG_5650_167
Foto: Marina Parra.

¿Viste cuándo la única razón para levantarte es pensar en el café que te vas a tomar? Y el día está gris, y truena, y no encontrás qué ponerte en los pies, y casi que vas al laburo con ojotas pero después pensás que es demasiado informal, entonces te ponés las sandalias altas, esas con las que sabés que no podés caminar mucho, esas que usaste por última vez el día del apagón -no fue hace tanto-, y te tuviste que volver caminando sesenta cuadras con esas sandalias, y cómo las puteaste, y las ampollas al día siguiente, y vos que no aprendés más.  Entonces vas caminando, sandalias y paraguas, pensando en el café que vas a tomar en la oficina porque nunca te levantás con tiempo: 8 cuadras, subte, 6 estaciones, combinación, 1 estación más, escalera, superficie.

Caminás por Avenida de Mayo las dos cuadras que te separan del edificio y sentís un olor raro, que te trae un recuerdo de la infancia: te acordás de una compañera de la primaria que se compraba paquetes de chizitos y palitos y los guardaba –abiertos- abajo del banco. Odiabas ese olor, sobre todo los días de humedad o de lluvia, como el de hoy. Llegás al trabajo y percibís cierta tensión en el aire, algunas corridas y –como si se las llevara el viento- las palabras “evacuar el edificio”. Después, en la fila del ascensor, alguien comenta algo sobre el incendio de un container en el puerto y un olor que podría ser tóxico.

Ya en la oficina, la televisión predice el apocalipsis: gente con mascarillas, mujeres con bebés corriendo, periodistas suponiendo hipótesis para eso que ya tiene nombre impactante: es “la-nube-tóxica”. El olor llena todos los espacios y se adueña de las conversaciones. En general, el clima ocupa ese lugar, pero hoy es el olor. La realidad es que te pica un poco la nariz y la garganta, pero ya no sabés si es por el humo, gas o lo que fuese, o por la cantidad de veces que escuchás hablar de eso (la repetición continua de las palabras “tóxico-gas-vías respiratorias-insecticida-veneno para ratas-mercurio-nos vamos a morir todos como bichos” parece tener un efecto inmediato en el organismo humano).

El llamado con la orden de evacuación no tarda en llegar y te disponés a bajar los 10 pisos por las escaleras, mientras pensás en el café que no fue y en lo raro que es irte a tu casa cuando no hace ni una hora que llegaste “porque hay olor”. En la calle, varias personas usan barbijos: ¿los llevan siempre en la cartera por si acaso? Gran misterio de la humanidad. Cruzan las calles como caballos salvajes, esquivando semáforos y vehículos, como si “el olor” los eximiera de sus obligaciones de peatón. Hablan por teléfono, envían mensajes o chequean las redes sociales (¿será alguna clase de juego que ignoro? “El que deja de hablar del olor por dos segundos pierde”). Los subtes no funcionan, las ambulancias piden permiso a gritos, la gente cruza sin mirar, los autos, colectivos, taxis, son ya una masa uniforme de ruedas y metal que intenta avanzar pero no puede. Con qué poco la ciudad se convierte en un caos. Me subo a un colectivo y pienso que el fin del mundo llegará cuando todos nos convenzamos de ello. Es la profecía que se autocumple. Para rematar la inverosimilitud de la escena, una señora en el colectivo le comenta a su compañera de asiento: “mirá que yo soy antikirchnerista, pero no creo que ellos estén detrás de esto”.

Me bajo del colectivo, camino unas cuadras y decido tomar el subte –que sólo funciona a medias, pero a mí me sirve igual-. Ya debajo de la tierra, me arrepiento. Hay mucha, pero mucha gente y todos quieren subir por una escalera angosta. Y quieren subir ya. Se amontonan, discuten, se enojan, pero no avanzan. Es una buena metáfora.

Finalmente el subte llega y después de unas cuadras más de caminata, yo también. Hace dos horas que dejé la oficina y ya no me acuerdo ni por qué. Lo único que quiero es tomar el bendito café. Y  deshacerme de las sandalias (que a esta altura del partido, son sinónimo de “caos urbano”). Así que ahora, si me disculpan, aunque sea la 1.30 de la tarde y esté más para almuerzo que para desayuno, voy a sacar el agua de la pava –que ya hierve- y a cumplir mi único propósito de la mañana. Que ya se fue.

(Este texto fue escrito el 6 de diciembre de 2012, día en que la Ciudad de Buenos Aires se vio convulsionada por una nube tóxica que monopolizó -durante varias horas-, la atención mediática y la conversación en las redes sociales. Recomiendo leer, también, la crónica publicada por Revista Anfibia).

Lluvia.

Es jueves y estoy volviendo a casa. Acoyte para el lado de Díaz Velez va en bajada, por lo que hay un impulso natural hacia adelante que me permite avanzar sin esfuerzo, como si en lugar de caminar estuviera –simplemente- dejándome llevar.

Llovizna. Tengo un paraguas enorme y no lo abro. Mi pelo ya es una maraña ondulada e ingobernable, pero eso desde temprano. Así que dejo que la garúa me acaricie apenas y sigo, mientras pienso en todas las cosas que uno piensa en momentos así.

Pienso, por ejemplo, en lo mucho que me gusta el asfalto mojado, sobre todo a esta hora, cuando la tarde que se va y la noche que vendrá comparten un rato juntas, y es como el pase entre un programa de radio y otro, como ese lugar común de lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer. Transición. Hay algo en lo híbrido que me atrae. Nosotros, si se quiere ver así, tenemos algo de eso, de personas en tránsito perpetuo (ya lo dijo Charly) y a mitad de camino, de mixtura entre lo que queremos ser y lo que somos.

Me gusta mirar las luces de los semáforos proyectarse en la calle, verde, amarillo, rojo. Una mujer cruza por la senda peatonal con un paraguas de colores vibrantes y quiero sacar mi cámara pero no la tengo y busco el celular pero ya es tarde. Hay instantes tan fugaces que apenas alcanzan para los ojos. Después se mueren.

La hilera de autos no se detiene y yo permanezco inmóvil en la esquina. Levanto la vista hacia los edificios y sus balcones, imagino por un momento las vidas que se viven en cada uno, y pienso una vez más y como siempre, que la ciudad está llena de historias, que en cada luz que se prende y en cada cuarto que se oscurece, hay algo digno de ser contado.