Paraíso perdido

El barrio está

igual que ayer,

voltearon la casa de al lado.

(Fito Paez, Del ’63)La puerta que ya no es

 – ¿Qué pasó?

– Se fueron.

Se fueron, dijo mi hermano cuando pregunté por los vecinos. Se fueron, como quien sale a comprar el pan o a llevar un hijo al colegio. Era febrero, hacía calor. Yo estaba en la casa de mi familia en Luján (en mi casa, porque todavía no sé si hay un momento en el que uno deja de llamar así al lugar donde ha vivido tantas cosas).

Me asomé al tapial, los ladrillos quemaban por el sol, y comprobé que era cierto, que se habían ido, que no había nada. Me refiero a que donde antes estaban ellos, una casa, los perros y un estanque con agua podrida, ahora no había nadie, nada. No quedaba ni el loro (y es absurdo pero cierto: tenían uno y también se lo llevaron).

Lo que vi cuando me asomé al tapial esa tarde fue un rectángulo extenso de tierra removida, una planicie desierta: era como si hubieran levantado la carpa de un circo, como si los años pudieran cargarse en un vagón de tren y seguir viaje a cualquier otra parte. Como si fuera posible irse sin dejar rastros.

***

Maxi cuenta hasta cien en la pared blanca. Los demás corremos a buscar dónde escondernos. Ninguno tiene más de 10 años. Algunos lugares son obvios: los galpones, el hueco que está debajo de la parrilla, el Peugeot viejo del abuelo. Me quedo detrás del molino, los arbustos me cubren apenas. Hay que hacer todo el silencio que se pueda, así que contengo el aire hasta que los cachetes se inflan.

De pronto es un zumbido multitudinario y el dolor agudo de dos o tres pinches en la espalda y en el cuello. No entiendo qué pasa pero sé que hay que correr. Grito. Y es un grito de espanto. Cruzo a ciegas la calle de tierra, atravieso de memoria el quincho donde almorzamos los domingos, me saco la campera y la tiro lejos. Entonces caen al piso, muertos, unos abejorros negros.

Ese día aprendo a no pararme nunca más debajo de un panal. Y también aprendo el miedo, a esos pinchazos de abeja y al que vino después, en el hospital, a donde me llevan volando justo cuando la reacción alérgica empieza a cerrarme la garganta.

***

Otro día mamá nos lleva al colegio en el auto pero no podemos salir de casa. En la calle hay máquinas amarillas, inmensas. Desde un tractor con pala mecánica, un señor nos dice que ‘viene el asfalto’.

Al principio, cuando viene el asfalto es divertido porque podés andar en bicicleta por la cinta negra reluciente, sentir que sos el primero que pone sus pies ahí. Al principio. Después los lugares de siempre se llenan de autos, la noche de bocinas, la libertad de advertencias de no cruces la calle.

No pasa mucho tiempo y la cosa empeora: la autopista despliega sus tentáculos de cemento, construyen una YPF gigante en la esquina, sacan los alambrados.

En el patio hay tapiales de ladrillos huecos que nos separan de la remisería del fondo y del vecino de al lado, que adiestra perros rottweilers.

Ahora, cuando la pelota de mis hermanos se va a la casa de Maxi, no vuelve.

Estamos en el 2001. Vemos las torres caer por TV, las cacerolas, el vuelo, la fuga. Todo se desarma y se desintegra, adentro, afuera. Presentimos la metamorfosis como una tormenta de verano, cuando los perros le ladran al cielo y los insectos impactan contra las ventanas. Después de la lluvia todo se habrá convertido en alguna otra cosa.

 

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Desde las Islas

Hubo una noche en que mi padre, en un acto simple, como si se tratara de la cosa más natural del mundo, me entregó la pila de cartas. Envueltas en una bolsa de nylon grueso y transparente, siempre habían estado en el cajón de su mesa de luz. Pero uno no se atrevía.

Fue un viaje hacia atrás en el tiempo: Nacho, 20 años, soldado clase ‘62. Eran las cartas que él había enviado pero también, las que había recibido: cartas de mamá, de papá, de los tres hermanos varones y los amigos.

En la pila hay cartas extensas y descriptivas, cartas apuradas, telegramas de estoy.bien.saludos.Nacho. Hay fotos, recortes de diarios, una caricatura de la Thatcher, fragmentos de canciones de Sui Generis (y aunque a veces me acuerdo de ella, dibujé su cara en la pared). Hay la necesidad de aprovechar al máximo cada hoja y el pedido insistente de que escriban, que escriban mucho y largo y que manden el cepillo de dientes por encomienda. En las cartas hay rastros de humedad, la tinta borroneada en algunos pasajes, pliegues que las atraviesan como cicatrices: al medio, al medio otra vez y es casi como verlo, los dedos helados doblando el papel, la ansiedad al escuchar la palabra “correo”.

26 de mayo de 1982.

Hoy fue un día hermoso en las Malvinas. Salió el sol como nunca y las gaviotas volaron todo el día sobre la playa. ¿Te imaginás, vieja, cuando este lugar viva otra vez en paz?

Uno no tiene casi nunca la experiencia de leer a sus padres (salvo, claro está, que estos sean periodistas o escritores o poetas). De ahí, entonces, la extrañeza que genera entrar en un terreno que -por más familia y sangre que seamos- pertenece a la esfera de lo privado. Las cartas como un manojo de llaves.

Y después la guerra. Pero no la guerra allá lejos, la de manual de quinto año, la del acto escolar. No la que contaban las revistas de entonces, no la de los chicos pobrecitos. La guerra en primera persona. El diario de la guerra, escrito desde la trinchera por tipos como mi viejo.

Hay una historia de Malvinas por cada soldado. Los que se fueron y los que pueden contarla, todos, con sus imágenes personalísimas impresas en el alma, la mente o donde sea que se guardan las cosas que nos marcan para siempre.

Después de las cartas entendí –entre otras cosas-, por qué mi viejo ama bañarse y se afeita todos-los-días, aún cuando está de vacaciones. Por qué no se queja del frío, se levanta cantando y prefiere la compañía a la soledad. Comprendí la importancia de reunirnos alrededor de la mesa para tomar unos mates y contarnos nuestro día, aunque no haya pasado mucho, o sí. Pude ver la raíz de su optimismo a prueba de balas, las razones de su espiritualidad profunda, de su amor por la vida y por esta Argentina que a veces le duele.

No podría decir cuánto de lo que pasó en las Islas convirtió a aquel joven en mi padre de hoy. No creo tampoco que tengamos que agradecerle al horror tantas cosas lindas. Lo cierto es que Malvinas lo lanzó a la vida con la fuerza de una catapulta. El resto es presente.

(Una versión de este texto fue publicado el 24 de junio de 2014, entre los finalistas del certamen “Memorias de mi padre”, organizado por Revista Anfibia).