Cartografías/1

Salíamos de noche, como fugitivos. Nos dejaban llevar mantas y almohadas, así los tres dormíamos un rato más, hasta que el sol empezaba a desempañar los vidrios y el paisaje de la ventanilla ya no se parecía a Luján.

En la luneta del auto guardábamos una caja con los casetes, que eran la banda de sonido del viaje. Amábamos a María Elena Walsh. Yo leía los carteles de la ruta con la voz impostada de las personas de la radio y vocación de GPS: máxima 80, curva peligrosa, Río Cuarto 300 kilómetros.

En el asiento del acompañante, mamá llevaba un mapa que desplegaba por completo, casi hasta cubrirse ella misma. Sabía a qué ciudad íbamos a ir primero y a cuál después, a qué Parque Nacional y a qué museos.

Mamá nos contaba el mundo mientras lo veíamos pasar por la ventana. Aprendíamos el relieve y el clima y por qué de un lado las montañas eran tan verdes y, al dar la vuelta, no había más que tierra reseca. Armábamos un rompecabezas que era la Argentina con todas las provincias –la bota larga es Santa Fe, la bota corta es Jujuy, San Juan parece un fantasma, en las Malvinas estuvo papá, ahí, bien abajo, la guerra y el frío-.

Cada verano en las sierras creíamos que podíamos bajarnos del auto y correr hasta la cima de esos montes de terciopelo. Pero cuando llegábamos al principio del camino, la alfombra se transformaba en un bosque apretado de espinillos arbustos pastos secos. Era el desencanto: la sensación de que acercarnos sólo servía para saber lo lejos que estábamos.

Entonces había que buscar el sendero y seguirlo hasta el final, arrancar hojas de peperina y menta, cuidarse de las víboras que salían a tomar sol. Y desafiar el vértigo de mamá, asomados al precipicio, mirando todas las cosas como miniaturas, como una maqueta de las que hacíamos en la escuela, el río de plastilina azul, la serpentina del asfalto zigzagueando en la ladera del cerro.

Paraíso perdido

El barrio está

igual que ayer,

voltearon la casa de al lado.

(Fito Paez, Del ’63)La puerta que ya no es

 – ¿Qué pasó?

– Se fueron.

Se fueron, dijo mi hermano cuando pregunté por los vecinos. Se fueron, como quien sale a comprar el pan o a llevar un hijo al colegio. Era febrero, hacía calor. Yo estaba en la casa de mi familia en Luján (en mi casa, porque todavía no sé si hay un momento en el que uno deja de llamar así al lugar donde ha vivido tantas cosas).

Me asomé al tapial, los ladrillos quemaban por el sol, y comprobé que era cierto, que se habían ido, que no había nada. Me refiero a que donde antes estaban ellos, una casa, los perros y un estanque con agua podrida, ahora no había nadie, nada. No quedaba ni el loro (y es absurdo pero cierto: tenían uno y también se lo llevaron).

Lo que vi cuando me asomé al tapial esa tarde fue un rectángulo extenso de tierra removida, una planicie desierta: era como si hubieran levantado la carpa de un circo, como si los años pudieran cargarse en un vagón de tren y seguir viaje a cualquier otra parte. Como si fuera posible irse sin dejar rastros.

***

Maxi cuenta hasta cien en la pared blanca. Los demás corremos a buscar dónde escondernos. Ninguno tiene más de 10 años. Algunos lugares son obvios: los galpones, el hueco que está debajo de la parrilla, el Peugeot viejo del abuelo. Me quedo detrás del molino, los arbustos me cubren apenas. Hay que hacer todo el silencio que se pueda, así que contengo el aire hasta que los cachetes se inflan.

De pronto es un zumbido multitudinario y el dolor agudo de dos o tres pinches en la espalda y en el cuello. No entiendo qué pasa pero sé que hay que correr. Grito. Y es un grito de espanto. Cruzo a ciegas la calle de tierra, atravieso de memoria el quincho donde almorzamos los domingos, me saco la campera y la tiro lejos. Entonces caen al piso, muertos, unos abejorros negros.

Ese día aprendo a no pararme nunca más debajo de un panal. Y también aprendo el miedo, a esos pinchazos de abeja y al que vino después, en el hospital, a donde me llevan volando justo cuando la reacción alérgica empieza a cerrarme la garganta.

***

Otro día mamá nos lleva al colegio en el auto pero no podemos salir de casa. En la calle hay máquinas amarillas, inmensas. Desde un tractor con pala mecánica, un señor nos dice que ‘viene el asfalto’.

Al principio, cuando viene el asfalto es divertido porque podés andar en bicicleta por la cinta negra reluciente, sentir que sos el primero que pone sus pies ahí. Al principio. Después los lugares de siempre se llenan de autos, la noche de bocinas, la libertad de advertencias de no cruces la calle.

No pasa mucho tiempo y la cosa empeora: la autopista despliega sus tentáculos de cemento, construyen una YPF gigante en la esquina, sacan los alambrados.

En el patio hay tapiales de ladrillos huecos que nos separan de la remisería del fondo y del vecino de al lado, que adiestra perros rottweilers.

Ahora, cuando la pelota de mis hermanos se va a la casa de Maxi, no vuelve.

Estamos en el 2001. Vemos las torres caer por TV, las cacerolas, el vuelo, la fuga. Todo se desarma y se desintegra, adentro, afuera. Presentimos la metamorfosis como una tormenta de verano, cuando los perros le ladran al cielo y los insectos impactan contra las ventanas. Después de la lluvia todo se habrá convertido en alguna otra cosa.