Scones

Hoy me puse a ordenar papeles.

Agendas viejas, listas de supermercado, de libros, facturas de cosas que compré hace demasiado tiempo, el contrato de alquiler de un lugar en el que ya no vivo, entradas de recitales, folletos de viajes, fotos, recortes de diario, tarjetas de cumpleaños, señaladores, apuntes, trámites, diplomas, recibos de la luz, de todas las veces que no pagué el ABL a tiempo, la tarjeta de un gasista, el número de un flete.

En medio de ese caos de insignificancias, un papel doblado a la mitad enumera los ingredientes para preparar scones.

Escribí esa lista hace tres o cuatro años, con la intención de recordar ciertas cantidades (cuánta manteca, cuánto de azúcar). Ahora, un día cualquiera del mes de junio, vuelvo a leerla y puedo escuchar (todavía) la voz de mi abuela que me las dicta desde la cocina de su casa.

Algunos objetos tienen la capacidad de arrancarnos del lugar en el que estamos y trasladarnos a otro tiempo. No es que nos-traen-un-recuerdo-a-la-memoria, es algo más brutal: nos depositan con el cuerpo y con el alma, sin preguntarnos siquiera, en un instante preciso.

“Cien gramos de manteca, una taza de azúcar, dos tazas de harina Blancaflor…”, me dice con voz de pajarito. Le pregunto cuál es el secreto y me dice que si cumplo la receta al pie de la letra, me van a salir como a ella.

El caos de papeles disminuyó un poco y se me ocurre, de pronto, que la palabra “Blancaflor” empieza igual que su nombre. Coincidencias. A ella también le causaría gracia.

Leo, otra vez, la lista de ingredientes (no te olvides de ponerle ralladura de limón).

Igual que ciertos caracoles, que en su interior de nácar contienen el sonido del mar, esa lista lleva adherida una voz, un par de ojos pequeños, una nariz de varias generaciones y el pelo, un pelo como de nube. Ojalá fuera suficiente sostener la mirada el tiempo preciso, para volver. Habitar por un rato su cocina (y saber que será el último), compartir unos mates, contarle algunas cosas, comer esos scones que recién dejaron el horno y que sé que no, a mí nunca me van a salir.

(Crédito foto: Benson Kua)

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La colina

Lo hablamos mil veces. Las ganas de volver el tiempo atrás, a esos años en los que nuestras preocupaciones eran otras y lo más jodido que había que afrontar eran los finales de diciembre. Cuando todavía no sabíamos nada.

Hoy estuve ahí: fui a Pilar, me tomé el Rutabús con el cartel de La Lomita en la plaza y me bajé en el puente donde está la barrera. Me asomé por algunas ventanas tratando de ver los espacios como por primera vez, intenté asombrarme por algo: el lago, unos búhos chillones, el pasto todavía húmedo por el rocío de la mañana. Traté, y fue inútil, que el edificio verde de la biblioteca volviera a parecerme tan horrendo y fuera de lugar como siempre (tache lo que no corresponda: ese edificio). Pero ya había visto todo mil veces y no había forma de recuperar la inocencia de la mirada, la novedad del recién llegado.

Caminé, por pura nostalgia, hasta esa lomada que llamábamos ‘la colina’ (casi casi nada me resulta pasajero…) y me detuve en el lugar exacto, ustedes saben: el agua ahí nomás, el mate, las charlas infinitas antes de cursar. Ese punto en el terreno que contiene a las que éramos hace cuatro años: lo que queríamos en la vida, lo que ignorábamos, los planes que empezaban a tejerse minuciosamente a nuestras espaldas aunque no supiéramos con exactitud hacia dónde, cómo.

Podría haberlas extrañado, pero las tenía cerca: un mensaje de whatsapp, ‘enviar foto’ y ustedes ya estaban mirando lo que yo veía, esa colina donde ya no estamos, esos tiempos que ya no son.

Sin embargo, pensé -ahí, detenida en la colina- que estaba bien no volver. Que nos prefiero hoy, compartiendo viajes, mudanzas y proyectos, todo esto que nos pasa y que entonces ni se nos cruzaba por la cabeza. Que prefiero este presente hecho de cal y arena, aunque le falten cosas y otras parezcan tan frágiles, aunque tampoco sepamos con exactitud hacia dónde, cómo.

(Paréntesis)

Cuando espero mucho algo, todo lo demás aparece como suspendido, la vida se queda en stand by y no puedo encajar en las actividades cotidianas: se abre un paréntesis en el cauce normal de las cosas. (Paréntesis: desvío temporal, ruptura, interrupción, pausa). Entonces es la ansiedad, la agonía lenta de las horas que se van aunque no se sepa muy bien en qué. Dar vueltas, como un gato que busca dónde reposar y tiene que elegir el lugar exacto y se enrosca sobre sí mismo y amasa los almohadones y se lame, obsesivamente, desde el lomo hasta la punta de la cola, en un loop frenético que lo devuelve siempre al punto de partida. Pienso que en ese hacer y deshacer de los movimientos felinos se esconde algo así como un síndrome de Penélope, una manera de sentir que se está haciendo algo, de estirar el tiempo hasta que llegue el objeto anhelado. (Odiseo, el sueño que vence los ojos gatunos, un llamado, o lo que sea que desvele a cada uno).

La angustia de la espera es peor cuando se tiene conciencia exacta del transcurso de cada minuto, cuando se enfocan todas las energías en el suceso que se pretende que ocurra. Por eso el consejo a mano es siempre el mismo: pensar en otra cosa, mantenerse ocupado, engañar a la mente. Pero qué se hace cuando no se puede. Qué se hace ante la imposibilidad de orientar el pensamiento en otra dirección. “Quizá yo acabe por gastar el Zahir a fuerza de pensarlo y repensarlo” dice Borges en ese cuento sobre lo inolvidable, que describe el momento en que algo (una moneda de veinte centavos, un objeto cualquiera) se vuelve una idea obstinada y recurrente, de la que ya no se podrá huir porque encierra -ella sola- el universo entero. “Lo que no es el Zahir me llega tamizado y como lejano”, continúa Borges en otro pasaje. Todo lo demás es niebla, interferencia, ruido.

Esperar no tiene buena prensa. Hay que hacer otra cosa, no importa qué pero hacer algo, llenar los espacios vacíos con tareas inútiles, y que el tiempo se vaya igual pero sin que nos demos cuenta. (Estar ocupados es una forma de estar a salvo). Hay que sacar el celular del bolsillo y mirar la hora con devoción insensata mientras se espera en una esquina. Hay que agarrar un libro y recorrer sus páginas sin detenerse en las palabras. Hay que prender un cigarrillo en la parada del colectivo y repetir de memoria cada cartel, cada negocio que pasa por la ventanilla durante el recorrido. Hay que llenar los silencios en los ascensores, en las filas de los bancos y en los almuerzos. Que nadie sepa (ni siquiera nosotros mismos) que transitamos una espera insoportable, que el techo se nos cae encima, que nos morimos de deseo.

Supermercado.

Imagen

Crédito foto: Kees Van Mansom

Para que te imagines la escena, fue algo así: martes, 8 de la noche, supermercado.

Vas con tu carro que tiene, como mucho, 15 cosas. Intentás localizar la caja con la fila más corta, pero todas las que hay están abarrotadas. Y pasa lo de siempre: te decidís por una, te ubicás al final y, de pronto, como si un ser invisible la pusiera en pausa, te das cuenta que no avanza, que ya no va a avanzar. Por supuesto, mientras masticás tu bronca,  ves que en las cajas de al lado la gente pasa sus compras por la cinta, paga, se va, sigue su vida en cualquier otra parte. Y vos, una vez más, elegiste mal.

Entonces te cambiás de fila. Observás una que sí, podría andar: hay una mujer con un bebé en cochecito, una pareja con nene chiquito, un señor con nene no tan chiquito, una señora mayor. Advertís el error a tiempo: fila exclusiva para embarazadas, personas con bebés, etcétera. No entrás en ninguna categoría así que decidís ir a la fila de al lado, la del señor que lleva muchas botellas de agua mineral y el otro hombre con un televisor pantalla plana de no sé cuántas pulgadas. El televisor no te permite ver más allá, pero calculás, fácil, tres o cuatro personas más por delante.

Y pensás: listo, ya está, no me voy más, me quedo a vivir acá, en la sección de los productos de limpieza, al lado de las lavandinas, todo amarillo, amarillo, amarillo.

Otra vez tenés que abrirle paso al nene que pasea en un autito de plástico como si las góndolas fueran carriles de una autopista imaginaria. Cuando lo viste por primera vez (ibas recién por el aceite y los fideos) te había resultado simpático, tan concentrado en su mundo. Ahora, en pleno atascamiento de tránsito en hora pico, ya no te causa tanta gracia.

De pronto, en la fila de al lado, la gente empieza a elevar la voz. Que yo estaba antes que vos, que ese nene no es un bebé, ya es grandote y encima rompió las bolas todo el día en el autito, y otras cosas más que no llegás a escuchar. Aunque querés escuchar. Después de todo, entre tanto aburrimiento viene bien un poco de pimienta.

El griterío aumenta y ya se va de proporciones: los nenes lloran, sus padres gritan por encima de los llantos y aparece un empleado de seguridad que trata de calmar los ánimos sin demasiado éxito. Como si los roles se hubieran invertido (si te portás mal te cambio de lugar), el padre conflictivo es expulsado de la fila y enviado junto con su crío (no tan chiquito) a otra.

Los que permanecen en la fila se sonríen y murmuran porque sienten que hicieron justicia, o algo así. Se ponen a conversar entre ellos como si ya se conocieran, como si esa causa común contra la que se unieron, en cierto modo los hermanara. Entonces uno de ellos dice su nombre y cuenta que es electricista. Ahí nomás, sin perder el tiempo, saca una pilita de tarjetas y las empieza a repartir a sus compañeros de batalla. “Si necesitan algo, instalaciones, reparaciones, ya que estamos, hay que aprovechar, la cosa está difícil”. Y la pareja con nene chiquito intercambia miradas, y ella le dice a él “qué justo, por ahí puede ir al local y solucionarnos el tema del corte de luz”.  Así que se ellos también se presentan, le explican al electricista el problema, acuerdan un horario para el día siguiente.

El señor del televisor gigante ya se va y vos empezás a pasar tus productos por la cinta negra. Sentís que desperdiciaste una hora de tu vida, una hora en la que no pasó absolutamente nada.

Llegás a tu casa, guardás las cosas y ahí te das cuenta: tenías que comprar lavandina.

Dame luz.

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 Fuente*: www.modernmasters.co.uk

No me preguntes por qué, pero me levanté sobresaltada, dos de la mañana, y fui directo a desenchufar la batería de la computadora. La luz del departamento se había cortado y yo, sumergida en el principio del sueño, por alguna extraña razón me había dado cuenta, lo sabía.

Desenchufé la batería con el corazón al galope porque justamente -o más bien, injustamente-, había tenido que comprar una nueva algunos días atrás. 500 pesos que no pensaba gastar al inicio del mes, por culpa de un bajón en la tensión eléctrica.

Y ahora otra vez.

La luz cortada y yo sin posibilidad de comprobar si el cargador funciona (me alivia, por un lado, pensar que tengo en mi poder una garantía, aunque no sé si cubre estos casos de doble mala suerte). En el tablero que está junto a la puerta, todas las perillas apuntan hacia arriba: mis rudimentarios conocimientos de electricidad me indican que –entonces- debe ser todo el edificio el que ha quedado súbitamente a oscuras. No es mi culpa, me consuelo. Y a fin de cuentas, importa poco. (Tantas veces no es nuestra culpa y aún así, las cosas nos dañan lo mismo).

Me pregunto si la falta de luz genera algún tipo de vacío sonoro. Quiero decir: cuando el lavarropas culmina su ciclo nos damos cuenta, cuando el vecino deja de martillar la pared, también. ¿Hay algo así, como el final de un sonido al que nos hemos acostumbrado, cuando la luz se va?

Durante toda mi infancia, mi abuelo tuvo telares. Dos galpones enormes con máquinas que hilaban sin descanso, de la mañana a la tarde. Una vez en la escuela nos pidieron que grabáramos en un cassette los sonidos de nuestro barrio (o de nuestra casa, no recuerdo con exactitud). A mí me encantó la idea. Y por supuesto, una de las cosas que grabé fueron los telares. O mejor dicho, el ruido mecánico de esas máquinas que convertían conos de hilo en lienzos de algodón y que a mí me parecían el misterio más grande. La cuestión es que un día (en la infancia todo sucede de repente, a uno no le explican cómo es que las cosas empiezan o se terminan), los telares de mi abuelo dejaron de funcionar. Y mi casa, el patio, se quedaron en silencio. Se respiraba un ambiente como de fin de ciclo, de ausencia: algo se había roto para siempre. No importaba que no se tratara de un sonido precisamente agradable. A la distancia creo que, en cierta forma, lo que extrañábamos era la familiaridad de ese ruido, el modo en que marcaba el compás de nuestras rutinas.

Lo que se repite invariablemente nos hace sentir seguros. Por eso, cuando algo en nuestra cotidianeidad se altera, nuestra primera reacción es el miedo. Y también, cierta sensación de extrañeza.

Debe haber, decía, algún tipo de vacío sonoro cuando la luz se va. Necesito comprobar esa teoría. De otro modo, ¿qué explicación podría atribuir al hecho de que yo, dormidora serial, haya salido catapultada de mi cama a estas horas? ¿Habrá alguien más, arriba, abajo o en los departamentos contiguos, insomne, temeroso por sus artefactos enchufados? ¿O estarán todos quietos, los ojos cerrados, los sueños paseándose tranquilos, los cuerpos inmunes al apagón?

Pensé en salir en pantuflas al pasillo, chequear si las luces de allí se encendían, pero la verdad es que me siento más segura acá, aunque la pantalla ya me obliga a forzar la vista y tengo sueño. En realidad, no tiene mucho sentido quedarme despierta hasta que la luz se decida a regresar. Tampoco tiene mucho sentido haber recordado la historia de los telares, esas cosas en las que uno no piensa y que aparecen, como si nada, como si hubieran estado todo el tiempo en la superficie, cuando sabemos bien que no es así.

Algo de razón tenían Dalí y los surrealistas con eso de la frontera entre la vigilia y el sueño. Es como una grieta por donde se asoman las imágenes que están, pero invisibles, ocultas.

Son las cuatro de la madrugada, me voy a dormir. Y aunque no sueñe con el golpeteo mecánico de los telares -o quizás sí- podré decir que la luz que se fue, al menos, me trajo algo de vuelta.

 

*NOTA: La foto que ilustra este post pertenece a la tapa del álbum de Pink Floyd “Delicate sound of thunder“, grabado en vivo y lanzado en 1988. Con claras influencias surrealistas (el traje cubierto con bombillas eléctricas del hombre en primer plano recuerda a “la chaqueta afrodisíaca”,  de Salvador Dalí), simboliza el encuentro entre la Luz y el Sonido (lamparitas y pájaros).

La pared.

Hace un rato, en las paredes de los edificios cercanos al mío, se veían destellos rosas, rojizos, anaranjados. Eran indicios de un atardecer de esos que no-se-pueden-dejar-de-mirar, porque ejercen sobre uno un magnetismo cercano al embrujo y los ojos se quedan ahí, petrificados.

Pero no pude verlo. Entre las paredes de los edificios cercanos al mío hay una pared inmensa, que divide en dos mi campo visual. Es cielo, ventanas y patios ajenos de un lado, y pared, pared blanca, insulsa, doña pared, paredón, del otro.

Pesa sobre mi hogar la prohibición de ver atardeceres. Y pesa, sobre todo, después de una linda lluvia. No siempre fue así. Antes, desde otra calle, desde otro balcón, vi atardeceres inolvidables. [El de la foto fue uno de esos].

Ahora entiendo por qué quería absorberlos con la mirada, envolverlos para llevar, hacer una captura de pantalla mental. Es que a veces -no podemos saber cuándo- nos toca pared.

Café (el día de la nube tóxica)

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Foto: Marina Parra.

¿Viste cuándo la única razón para levantarte es pensar en el café que te vas a tomar? Y el día está gris, y truena, y no encontrás qué ponerte en los pies, y casi que vas al laburo con ojotas pero después pensás que es demasiado informal, entonces te ponés las sandalias altas, esas con las que sabés que no podés caminar mucho, esas que usaste por última vez el día del apagón -no fue hace tanto-, y te tuviste que volver caminando sesenta cuadras con esas sandalias, y cómo las puteaste, y las ampollas al día siguiente, y vos que no aprendés más.  Entonces vas caminando, sandalias y paraguas, pensando en el café que vas a tomar en la oficina porque nunca te levantás con tiempo: 8 cuadras, subte, 6 estaciones, combinación, 1 estación más, escalera, superficie.

Caminás por Avenida de Mayo las dos cuadras que te separan del edificio y sentís un olor raro, que te trae un recuerdo de la infancia: te acordás de una compañera de la primaria que se compraba paquetes de chizitos y palitos y los guardaba –abiertos- abajo del banco. Odiabas ese olor, sobre todo los días de humedad o de lluvia, como el de hoy. Llegás al trabajo y percibís cierta tensión en el aire, algunas corridas y –como si se las llevara el viento- las palabras “evacuar el edificio”. Después, en la fila del ascensor, alguien comenta algo sobre el incendio de un container en el puerto y un olor que podría ser tóxico.

Ya en la oficina, la televisión predice el apocalipsis: gente con mascarillas, mujeres con bebés corriendo, periodistas suponiendo hipótesis para eso que ya tiene nombre impactante: es “la-nube-tóxica”. El olor llena todos los espacios y se adueña de las conversaciones. En general, el clima ocupa ese lugar, pero hoy es el olor. La realidad es que te pica un poco la nariz y la garganta, pero ya no sabés si es por el humo, gas o lo que fuese, o por la cantidad de veces que escuchás hablar de eso (la repetición continua de las palabras “tóxico-gas-vías respiratorias-insecticida-veneno para ratas-mercurio-nos vamos a morir todos como bichos” parece tener un efecto inmediato en el organismo humano).

El llamado con la orden de evacuación no tarda en llegar y te disponés a bajar los 10 pisos por las escaleras, mientras pensás en el café que no fue y en lo raro que es irte a tu casa cuando no hace ni una hora que llegaste “porque hay olor”. En la calle, varias personas usan barbijos: ¿los llevan siempre en la cartera por si acaso? Gran misterio de la humanidad. Cruzan las calles como caballos salvajes, esquivando semáforos y vehículos, como si “el olor” los eximiera de sus obligaciones de peatón. Hablan por teléfono, envían mensajes o chequean las redes sociales (¿será alguna clase de juego que ignoro? “El que deja de hablar del olor por dos segundos pierde”). Los subtes no funcionan, las ambulancias piden permiso a gritos, la gente cruza sin mirar, los autos, colectivos, taxis, son ya una masa uniforme de ruedas y metal que intenta avanzar pero no puede. Con qué poco la ciudad se convierte en un caos. Me subo a un colectivo y pienso que el fin del mundo llegará cuando todos nos convenzamos de ello. Es la profecía que se autocumple. Para rematar la inverosimilitud de la escena, una señora en el colectivo le comenta a su compañera de asiento: “mirá que yo soy antikirchnerista, pero no creo que ellos estén detrás de esto”.

Me bajo del colectivo, camino unas cuadras y decido tomar el subte –que sólo funciona a medias, pero a mí me sirve igual-. Ya debajo de la tierra, me arrepiento. Hay mucha, pero mucha gente y todos quieren subir por una escalera angosta. Y quieren subir ya. Se amontonan, discuten, se enojan, pero no avanzan. Es una buena metáfora.

Finalmente el subte llega y después de unas cuadras más de caminata, yo también. Hace dos horas que dejé la oficina y ya no me acuerdo ni por qué. Lo único que quiero es tomar el bendito café. Y  deshacerme de las sandalias (que a esta altura del partido, son sinónimo de “caos urbano”). Así que ahora, si me disculpan, aunque sea la 1.30 de la tarde y esté más para almuerzo que para desayuno, voy a sacar el agua de la pava –que ya hierve- y a cumplir mi único propósito de la mañana. Que ya se fue.

(Este texto fue escrito el 6 de diciembre de 2012, día en que la Ciudad de Buenos Aires se vio convulsionada por una nube tóxica que monopolizó -durante varias horas-, la atención mediática y la conversación en las redes sociales. Recomiendo leer, también, la crónica publicada por Revista Anfibia).