Scones

Hoy me puse a ordenar papeles.

Agendas viejas, listas de supermercado, de libros, facturas de cosas que compré hace demasiado tiempo, el contrato de alquiler de un lugar en el que ya no vivo, entradas de recitales, folletos de viajes, fotos, recortes de diario, tarjetas de cumpleaños, señaladores, apuntes, trámites, diplomas, recibos de la luz, de todas las veces que no pagué el ABL a tiempo, la tarjeta de un gasista, el número de un flete.

En medio de ese caos de insignificancias, un papel doblado a la mitad enumera los ingredientes para preparar scones.

Escribí esa lista hace tres o cuatro años, con la intención de recordar ciertas cantidades (cuánta manteca, cuánto de azúcar). Ahora, un día cualquiera del mes de junio, vuelvo a leerla y puedo escuchar (todavía) la voz de mi abuela que me las dicta desde la cocina de su casa.

Algunos objetos tienen la capacidad de arrancarnos del lugar en el que estamos y trasladarnos a otro tiempo. No es que nos-traen-un-recuerdo-a-la-memoria, es algo más brutal: nos depositan con el cuerpo y con el alma, sin preguntarnos siquiera, en un instante preciso.

“Cien gramos de manteca, una taza de azúcar, dos tazas de harina Blancaflor…”, me dice con voz de pajarito. Le pregunto cuál es el secreto y me dice que si cumplo la receta al pie de la letra, me van a salir como a ella.

El caos de papeles disminuyó un poco y se me ocurre, de pronto, que la palabra “Blancaflor” empieza igual que su nombre. Coincidencias. A ella también le causaría gracia.

Leo, otra vez, la lista de ingredientes (no te olvides de ponerle ralladura de limón).

Igual que ciertos caracoles, que en su interior de nácar contienen el sonido del mar, esa lista lleva adherida una voz, un par de ojos pequeños, una nariz de varias generaciones y el pelo, un pelo como de nube. Ojalá fuera suficiente sostener la mirada el tiempo preciso, para volver. Habitar por un rato su cocina (y saber que será el último), compartir unos mates, contarle algunas cosas, comer esos scones que recién dejaron el horno y que sé que no, a mí nunca me van a salir.

(Crédito foto: Benson Kua)

Paraíso perdido

El barrio está

igual que ayer,

voltearon la casa de al lado.

(Fito Paez, Del ’63)La puerta que ya no es

 – ¿Qué pasó?

– Se fueron.

Se fueron, dijo mi hermano cuando pregunté por los vecinos. Se fueron, como quien sale a comprar el pan o a llevar un hijo al colegio. Era febrero, hacía calor. Yo estaba en la casa de mi familia en Luján (en mi casa, porque todavía no sé si hay un momento en el que uno deja de llamar así al lugar donde ha vivido tantas cosas).

Me asomé al tapial, los ladrillos quemaban por el sol, y comprobé que era cierto, que se habían ido, que no había nada. Me refiero a que donde antes estaban ellos, una casa, los perros y un estanque con agua podrida, ahora no había nadie, nada. No quedaba ni el loro (y es absurdo pero cierto: tenían uno y también se lo llevaron).

Lo que vi cuando me asomé al tapial esa tarde fue un rectángulo extenso de tierra removida, una planicie desierta: era como si hubieran levantado la carpa de un circo, como si los años pudieran cargarse en un vagón de tren y seguir viaje a cualquier otra parte. Como si fuera posible irse sin dejar rastros.

***

Maxi cuenta hasta cien en la pared blanca. Los demás corremos a buscar dónde escondernos. Ninguno tiene más de 10 años. Algunos lugares son obvios: los galpones, el hueco que está debajo de la parrilla, el Peugeot viejo del abuelo. Me quedo detrás del molino, los arbustos me cubren apenas. Hay que hacer todo el silencio que se pueda, así que contengo el aire hasta que los cachetes se inflan.

De pronto es un zumbido multitudinario y el dolor agudo de dos o tres pinches en la espalda y en el cuello. No entiendo qué pasa pero sé que hay que correr. Grito. Y es un grito de espanto. Cruzo a ciegas la calle de tierra, atravieso de memoria el quincho donde almorzamos los domingos, me saco la campera y la tiro lejos. Entonces caen al piso, muertos, unos abejorros negros.

Ese día aprendo a no pararme nunca más debajo de un panal. Y también aprendo el miedo, a esos pinchazos de abeja y al que vino después, en el hospital, a donde me llevan volando justo cuando la reacción alérgica empieza a cerrarme la garganta.

***

Otro día mamá nos lleva al colegio en el auto pero no podemos salir de casa. En la calle hay máquinas amarillas, inmensas. Desde un tractor con pala mecánica, un señor nos dice que ‘viene el asfalto’.

Al principio, cuando viene el asfalto es divertido porque podés andar en bicicleta por la cinta negra reluciente, sentir que sos el primero que pone sus pies ahí. Al principio. Después los lugares de siempre se llenan de autos, la noche de bocinas, la libertad de advertencias de no cruces la calle.

No pasa mucho tiempo y la cosa empeora: la autopista despliega sus tentáculos de cemento, construyen una YPF gigante en la esquina, sacan los alambrados.

En el patio hay tapiales de ladrillos huecos que nos separan de la remisería del fondo y del vecino de al lado, que adiestra perros rottweilers.

Ahora, cuando la pelota de mis hermanos se va a la casa de Maxi, no vuelve.

Estamos en el 2001. Vemos las torres caer por TV, las cacerolas, el vuelo, la fuga. Todo se desarma y se desintegra, adentro, afuera. Presentimos la metamorfosis como una tormenta de verano, cuando los perros le ladran al cielo y los insectos impactan contra las ventanas. Después de la lluvia todo se habrá convertido en alguna otra cosa.

 

La colina

Lo hablamos mil veces. Las ganas de volver el tiempo atrás, a esos años en los que nuestras preocupaciones eran otras y lo más jodido que había que afrontar eran los finales de diciembre. Cuando todavía no sabíamos nada.

Hoy estuve ahí: fui a Pilar, me tomé el Rutabús con el cartel de La Lomita en la plaza y me bajé en el puente donde está la barrera. Me asomé por algunas ventanas tratando de ver los espacios como por primera vez, intenté asombrarme por algo: el lago, unos búhos chillones, el pasto todavía húmedo por el rocío de la mañana. Traté, y fue inútil, que el edificio verde de la biblioteca volviera a parecerme tan horrendo y fuera de lugar como siempre (tache lo que no corresponda: ese edificio). Pero ya había visto todo mil veces y no había forma de recuperar la inocencia de la mirada, la novedad del recién llegado.

Caminé, por pura nostalgia, hasta esa lomada que llamábamos ‘la colina’ (casi casi nada me resulta pasajero…) y me detuve en el lugar exacto, ustedes saben: el agua ahí nomás, el mate, las charlas infinitas antes de cursar. Ese punto en el terreno que contiene a las que éramos hace cuatro años: lo que queríamos en la vida, lo que ignorábamos, los planes que empezaban a tejerse minuciosamente a nuestras espaldas aunque no supiéramos con exactitud hacia dónde, cómo.

Podría haberlas extrañado, pero las tenía cerca: un mensaje de whatsapp, ‘enviar foto’ y ustedes ya estaban mirando lo que yo veía, esa colina donde ya no estamos, esos tiempos que ya no son.

Sin embargo, pensé -ahí, detenida en la colina- que estaba bien no volver. Que nos prefiero hoy, compartiendo viajes, mudanzas y proyectos, todo esto que nos pasa y que entonces ni se nos cruzaba por la cabeza. Que prefiero este presente hecho de cal y arena, aunque le falten cosas y otras parezcan tan frágiles, aunque tampoco sepamos con exactitud hacia dónde, cómo.

Supermercado.

Imagen

Crédito foto: Kees Van Mansom

Para que te imagines la escena, fue algo así: martes, 8 de la noche, supermercado.

Vas con tu carro que tiene, como mucho, 15 cosas. Intentás localizar la caja con la fila más corta, pero todas las que hay están abarrotadas. Y pasa lo de siempre: te decidís por una, te ubicás al final y, de pronto, como si un ser invisible la pusiera en pausa, te das cuenta que no avanza, que ya no va a avanzar. Por supuesto, mientras masticás tu bronca,  ves que en las cajas de al lado la gente pasa sus compras por la cinta, paga, se va, sigue su vida en cualquier otra parte. Y vos, una vez más, elegiste mal.

Entonces te cambiás de fila. Observás una que sí, podría andar: hay una mujer con un bebé en cochecito, una pareja con nene chiquito, un señor con nene no tan chiquito, una señora mayor. Advertís el error a tiempo: fila exclusiva para embarazadas, personas con bebés, etcétera. No entrás en ninguna categoría así que decidís ir a la fila de al lado, la del señor que lleva muchas botellas de agua mineral y el otro hombre con un televisor pantalla plana de no sé cuántas pulgadas. El televisor no te permite ver más allá, pero calculás, fácil, tres o cuatro personas más por delante.

Y pensás: listo, ya está, no me voy más, me quedo a vivir acá, en la sección de los productos de limpieza, al lado de las lavandinas, todo amarillo, amarillo, amarillo.

Otra vez tenés que abrirle paso al nene que pasea en un autito de plástico como si las góndolas fueran carriles de una autopista imaginaria. Cuando lo viste por primera vez (ibas recién por el aceite y los fideos) te había resultado simpático, tan concentrado en su mundo. Ahora, en pleno atascamiento de tránsito en hora pico, ya no te causa tanta gracia.

De pronto, en la fila de al lado, la gente empieza a elevar la voz. Que yo estaba antes que vos, que ese nene no es un bebé, ya es grandote y encima rompió las bolas todo el día en el autito, y otras cosas más que no llegás a escuchar. Aunque querés escuchar. Después de todo, entre tanto aburrimiento viene bien un poco de pimienta.

El griterío aumenta y ya se va de proporciones: los nenes lloran, sus padres gritan por encima de los llantos y aparece un empleado de seguridad que trata de calmar los ánimos sin demasiado éxito. Como si los roles se hubieran invertido (si te portás mal te cambio de lugar), el padre conflictivo es expulsado de la fila y enviado junto con su crío (no tan chiquito) a otra.

Los que permanecen en la fila se sonríen y murmuran porque sienten que hicieron justicia, o algo así. Se ponen a conversar entre ellos como si ya se conocieran, como si esa causa común contra la que se unieron, en cierto modo los hermanara. Entonces uno de ellos dice su nombre y cuenta que es electricista. Ahí nomás, sin perder el tiempo, saca una pilita de tarjetas y las empieza a repartir a sus compañeros de batalla. “Si necesitan algo, instalaciones, reparaciones, ya que estamos, hay que aprovechar, la cosa está difícil”. Y la pareja con nene chiquito intercambia miradas, y ella le dice a él “qué justo, por ahí puede ir al local y solucionarnos el tema del corte de luz”.  Así que se ellos también se presentan, le explican al electricista el problema, acuerdan un horario para el día siguiente.

El señor del televisor gigante ya se va y vos empezás a pasar tus productos por la cinta negra. Sentís que desperdiciaste una hora de tu vida, una hora en la que no pasó absolutamente nada.

Llegás a tu casa, guardás las cosas y ahí te das cuenta: tenías que comprar lavandina.