La colina

Lo hablamos mil veces. Las ganas de volver el tiempo atrás, a esos años en los que nuestras preocupaciones eran otras y lo más jodido que había que afrontar eran los finales de diciembre. Cuando todavía no sabíamos nada.

Hoy estuve ahí: fui a Pilar, me tomé el Rutabús con el cartel de La Lomita en la plaza y me bajé en el puente donde está la barrera. Me asomé por algunas ventanas tratando de ver los espacios como por primera vez, intenté asombrarme por algo: el lago, unos búhos chillones, el pasto todavía húmedo por el rocío de la mañana. Traté, y fue inútil, que el edificio verde de la biblioteca volviera a parecerme tan horrendo y fuera de lugar como siempre (tache lo que no corresponda: ese edificio). Pero ya había visto todo mil veces y no había forma de recuperar la inocencia de la mirada, la novedad del recién llegado.

Caminé, por pura nostalgia, hasta esa lomada que llamábamos ‘la colina’ (casi casi nada me resulta pasajero…) y me detuve en el lugar exacto, ustedes saben: el agua ahí nomás, el mate, las charlas infinitas antes de cursar. Ese punto en el terreno que contiene a las que éramos hace cuatro años: lo que queríamos en la vida, lo que ignorábamos, los planes que empezaban a tejerse minuciosamente a nuestras espaldas aunque no supiéramos con exactitud hacia dónde, cómo.

Podría haberlas extrañado, pero las tenía cerca: un mensaje de whatsapp, ‘enviar foto’ y ustedes ya estaban mirando lo que yo veía, esa colina donde ya no estamos, esos tiempos que ya no son.

Sin embargo, pensé -ahí, detenida en la colina- que estaba bien no volver. Que nos prefiero hoy, compartiendo viajes, mudanzas y proyectos, todo esto que nos pasa y que entonces ni se nos cruzaba por la cabeza. Que prefiero este presente hecho de cal y arena, aunque le falten cosas y otras parezcan tan frágiles, aunque tampoco sepamos con exactitud hacia dónde, cómo.

Desde las Islas

Hubo una noche en que mi padre, en un acto simple, como si se tratara de la cosa más natural del mundo, me entregó la pila de cartas. Envueltas en una bolsa de nylon grueso y transparente, siempre habían estado en el cajón de su mesa de luz. Pero uno no se atrevía.

Fue un viaje hacia atrás en el tiempo: Nacho, 20 años, soldado clase ‘62. Eran las cartas que él había enviado pero también, las que había recibido: cartas de mamá, de papá, de los tres hermanos varones y los amigos.

En la pila hay cartas extensas y descriptivas, cartas apuradas, telegramas de estoy.bien.saludos.Nacho. Hay fotos, recortes de diarios, una caricatura de la Thatcher, fragmentos de canciones de Sui Generis (y aunque a veces me acuerdo de ella, dibujé su cara en la pared). Hay la necesidad de aprovechar al máximo cada hoja y el pedido insistente de que escriban, que escriban mucho y largo y que manden el cepillo de dientes por encomienda. En las cartas hay rastros de humedad, la tinta borroneada en algunos pasajes, pliegues que las atraviesan como cicatrices: al medio, al medio otra vez y es casi como verlo, los dedos helados doblando el papel, la ansiedad al escuchar la palabra “correo”.

26 de mayo de 1982.

Hoy fue un día hermoso en las Malvinas. Salió el sol como nunca y las gaviotas volaron todo el día sobre la playa. ¿Te imaginás, vieja, cuando este lugar viva otra vez en paz?

Uno no tiene casi nunca la experiencia de leer a sus padres (salvo, claro está, que estos sean periodistas o escritores o poetas). De ahí, entonces, la extrañeza que genera entrar en un terreno que -por más familia y sangre que seamos- pertenece a la esfera de lo privado. Las cartas como un manojo de llaves.

Y después la guerra. Pero no la guerra allá lejos, la de manual de quinto año, la del acto escolar. No la que contaban las revistas de entonces, no la de los chicos pobrecitos. La guerra en primera persona. El diario de la guerra, escrito desde la trinchera por tipos como mi viejo.

Hay una historia de Malvinas por cada soldado. Los que se fueron y los que pueden contarla, todos, con sus imágenes personalísimas impresas en el alma, la mente o donde sea que se guardan las cosas que nos marcan para siempre.

Después de las cartas entendí –entre otras cosas-, por qué mi viejo ama bañarse y se afeita todos-los-días, aún cuando está de vacaciones. Por qué no se queja del frío, se levanta cantando y prefiere la compañía a la soledad. Comprendí la importancia de reunirnos alrededor de la mesa para tomar unos mates y contarnos nuestro día, aunque no haya pasado mucho, o sí. Pude ver la raíz de su optimismo a prueba de balas, las razones de su espiritualidad profunda, de su amor por la vida y por esta Argentina que a veces le duele.

No podría decir cuánto de lo que pasó en las Islas convirtió a aquel joven en mi padre de hoy. No creo tampoco que tengamos que agradecerle al horror tantas cosas lindas. Lo cierto es que Malvinas lo lanzó a la vida con la fuerza de una catapulta. El resto es presente.

(Una versión de este texto fue publicado el 24 de junio de 2014, entre los finalistas del certamen “Memorias de mi padre”, organizado por Revista Anfibia). 

Supermercado.

Imagen

Crédito foto: Kees Van Mansom

Para que te imagines la escena, fue algo así: martes, 8 de la noche, supermercado.

Vas con tu carro que tiene, como mucho, 15 cosas. Intentás localizar la caja con la fila más corta, pero todas las que hay están abarrotadas. Y pasa lo de siempre: te decidís por una, te ubicás al final y, de pronto, como si un ser invisible la pusiera en pausa, te das cuenta que no avanza, que ya no va a avanzar. Por supuesto, mientras masticás tu bronca,  ves que en las cajas de al lado la gente pasa sus compras por la cinta, paga, se va, sigue su vida en cualquier otra parte. Y vos, una vez más, elegiste mal.

Entonces te cambiás de fila. Observás una que sí, podría andar: hay una mujer con un bebé en cochecito, una pareja con nene chiquito, un señor con nene no tan chiquito, una señora mayor. Advertís el error a tiempo: fila exclusiva para embarazadas, personas con bebés, etcétera. No entrás en ninguna categoría así que decidís ir a la fila de al lado, la del señor que lleva muchas botellas de agua mineral y el otro hombre con un televisor pantalla plana de no sé cuántas pulgadas. El televisor no te permite ver más allá, pero calculás, fácil, tres o cuatro personas más por delante.

Y pensás: listo, ya está, no me voy más, me quedo a vivir acá, en la sección de los productos de limpieza, al lado de las lavandinas, todo amarillo, amarillo, amarillo.

Otra vez tenés que abrirle paso al nene que pasea en un autito de plástico como si las góndolas fueran carriles de una autopista imaginaria. Cuando lo viste por primera vez (ibas recién por el aceite y los fideos) te había resultado simpático, tan concentrado en su mundo. Ahora, en pleno atascamiento de tránsito en hora pico, ya no te causa tanta gracia.

De pronto, en la fila de al lado, la gente empieza a elevar la voz. Que yo estaba antes que vos, que ese nene no es un bebé, ya es grandote y encima rompió las bolas todo el día en el autito, y otras cosas más que no llegás a escuchar. Aunque querés escuchar. Después de todo, entre tanto aburrimiento viene bien un poco de pimienta.

El griterío aumenta y ya se va de proporciones: los nenes lloran, sus padres gritan por encima de los llantos y aparece un empleado de seguridad que trata de calmar los ánimos sin demasiado éxito. Como si los roles se hubieran invertido (si te portás mal te cambio de lugar), el padre conflictivo es expulsado de la fila y enviado junto con su crío (no tan chiquito) a otra.

Los que permanecen en la fila se sonríen y murmuran porque sienten que hicieron justicia, o algo así. Se ponen a conversar entre ellos como si ya se conocieran, como si esa causa común contra la que se unieron, en cierto modo los hermanara. Entonces uno de ellos dice su nombre y cuenta que es electricista. Ahí nomás, sin perder el tiempo, saca una pilita de tarjetas y las empieza a repartir a sus compañeros de batalla. “Si necesitan algo, instalaciones, reparaciones, ya que estamos, hay que aprovechar, la cosa está difícil”. Y la pareja con nene chiquito intercambia miradas, y ella le dice a él “qué justo, por ahí puede ir al local y solucionarnos el tema del corte de luz”.  Así que se ellos también se presentan, le explican al electricista el problema, acuerdan un horario para el día siguiente.

El señor del televisor gigante ya se va y vos empezás a pasar tus productos por la cinta negra. Sentís que desperdiciaste una hora de tu vida, una hora en la que no pasó absolutamente nada.

Llegás a tu casa, guardás las cosas y ahí te das cuenta: tenías que comprar lavandina.

Respuestas.

¿Será que las respuestas a todo están en alguna parte agazapadas, esperándonos? Bajé a tomar el subte de vuelta a casa. Me senté en un banco de madera, la mochila entre las rodillas, mi atención puesta en localizar el libro que podría haber terminado el fin de semana (pero no) y que estaba ahí, en el fondo, aprisionado en medio de la ropa.

No pensaba más que en eso cuando vi acercarse al muchacho de las pulseras de macramé. Me preguntó si quería comprar alguna y le dije que no, que gracias. Después dijo no sé qué cosa de mi sonrisa y se sentó en la mitad vacía del banco.

Tomó un alambre fino, brillante, de color rojo. Y se despachó con un discurso sobre la vida y los talentos de cada persona y cómo el miedo y la rutina nos aplastan y el talento se queda en el fondo del cajón. Y con cada frase el alambre en sus manos formaba algo, un dibujo ondulado, una flor que también era una estrella que también era un espiral o un sol como el que dibujan los nenes en los cuadernos con tapas de papel araña.

Como todo discurso, el suyo era bastante genérico, universal. Me lo decía a mí pero bien podía valer para cualquier otra chica de otro banco de otra estación. Como el horóscopo del día, como un par de guantes. Podía valer, ese discurso, para todas las personas del mundo capaces de sentir la desazón de lo que no llega, la confianza íntima en lo que se sabe que se es -o que se podría ser-, salpicada por algunas inseguridades aquí o allá que nos asaltan casi siempre por las noches y nos dejan –inmóviles-, a la orilla del sueño, con los ojos abiertos de par en par.

Será que las respuestas a todo están en alguna parte agazapadas, esperándonos –pensé- y le agradecí: el discurso, la pequeña escultura de alambre. A veces somos tan parecidos. Nos reconfortan las mismas palabras, nos duelen las mismas penas. A veces.

-“¿Te vas a trepar a ese infierno?”- me preguntó cuando llegó el tren atestado de gente.
-“No. Al próximo”.

Quise leer pero estaba pensando en otra cosa.

Después llegó el siguiente subte, cerré el libro, levanté la mirada: una chica rubia sonreía en el otro extremo del andén. Llevaba una figura de alambre en la mano. Escuchaba un discurso bastante genérico, universal. Y sin embargo, sentía que estaba hecho para ella.

Lluvia.

Es jueves y estoy volviendo a casa. Acoyte para el lado de Díaz Velez va en bajada, por lo que hay un impulso natural hacia adelante que me permite avanzar sin esfuerzo, como si en lugar de caminar estuviera –simplemente- dejándome llevar.

Llovizna. Tengo un paraguas enorme y no lo abro. Mi pelo ya es una maraña ondulada e ingobernable, pero eso desde temprano. Así que dejo que la garúa me acaricie apenas y sigo, mientras pienso en todas las cosas que uno piensa en momentos así.

Pienso, por ejemplo, en lo mucho que me gusta el asfalto mojado, sobre todo a esta hora, cuando la tarde que se va y la noche que vendrá comparten un rato juntas, y es como el pase entre un programa de radio y otro, como ese lugar común de lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer. Transición. Hay algo en lo híbrido que me atrae. Nosotros, si se quiere ver así, tenemos algo de eso, de personas en tránsito perpetuo (ya lo dijo Charly) y a mitad de camino, de mixtura entre lo que queremos ser y lo que somos.

Me gusta mirar las luces de los semáforos proyectarse en la calle, verde, amarillo, rojo. Una mujer cruza por la senda peatonal con un paraguas de colores vibrantes y quiero sacar mi cámara pero no la tengo y busco el celular pero ya es tarde. Hay instantes tan fugaces que apenas alcanzan para los ojos. Después se mueren.

La hilera de autos no se detiene y yo permanezco inmóvil en la esquina. Levanto la vista hacia los edificios y sus balcones, imagino por un momento las vidas que se viven en cada uno, y pienso una vez más y como siempre, que la ciudad está llena de historias, que en cada luz que se prende y en cada cuarto que se oscurece, hay algo digno de ser contado.