Cien años de Julio

26 de agosto, 1914. Un tal Julio abre los ojos al mundo. Con los años, escribe:

“Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra “madre” era la palabra “madre” y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mi un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba”.

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La puerta a ese “itinerario misterioso” de la literatura de Cortázar me encontró -sé que no soy original- en los años de escuela. Fue un texto breve de Historias de cronopios y de famas que se llama “El diario a diario” y que propone, juego de palabras mediante, que un objeto cotidiano puede transformarse según quién lo utilice y para qué. En fin, que las cosas pueden ser lo que son (y nada más) o bien cualquier otra cosa.

Lo primero que aprendí de Cortázar fue que la literatura podía ser un ejercicio lúdico, un espacio en el que todas las posibilidades eran válidas. Un día leí algo de La vuelta al día en ochenta mundos y el título me sonó a homenaje a Verne con error de imprenta. Más tarde empezaría a entrever la sutileza, la ironía, la desfachatez de este hombre que planteaba que escribir podía ser un juego, un experimento. La literatura como plastilina en las manos de un niño.

Cortázar es llave y puente, invitación a cruzar del otro lado, a quebrar la rigidez de los convencionalismos y las costumbres que aceptamos porque sí. Es la búsqueda del lado B de las cosas.

“Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina”.

(Manual de instrucciones, en “Historias de cronopios y de famas”).

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Hace poco, Hernán Casciari publicó un listado de nueve libros que cambiaron su vida. Antes de enumerarlos, hizo esta aclaración: Los nueve libros que elegí son todas lecturas anteriores a mis veinticinco años. No creo que después de esa edad un libro te cambie la vida. Te puede cambiar la forma de pensar o de creer, pero no la vida. La vida es arcilla hasta los veinticinco. Después es piedra”.

Tengo veinticinco. Y me niego a resignar esa sensación de asombro, de epifanía, de estremecimiento que se experimenta al terminar de leer algo que te rompe la cabeza en mil pedazos. No quiero que sea el final del juego de los hallazgos que nos transforman para siempre.

Cortázar fue para mí un descubrimiento que se disparó en múltiples direcciones: un estilo de escritura, alguien que decía cómo yo quería decir, la musicalidad en las palabras, el placer de la lectura en voz alta, el ejercicio de memorizar fragmentos, un modo de ver el mundo y las cosas, el signo de interrogación delante de todo, la sensación de saberme envuelta en las mismas búsquedas existenciales.

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Volviendo a Casciari y su elección de nueve libros, celebré la presencia de Bestiario en la lista. Sobre esa lectura que fue su entrada al universo cortazariano, dice: Fue la primera vez que un escritor no me interesaba como narrador sino como compinche. «La realidad no tiene por qué ser solemne», me gritaba. En mi cabeza «Bestiario» no es un libro: es la memoria del día en que conocí a un amigo del alma”.

Cortázar como un amigo. Podría revivir una catarata de momentos personales que estuvieron atravesados por la lectura del Gran Cronopio: pienso en “El Perseguidor”, en “Aplastamiento de las gotas”, en el capítulo 93 de Rayuela, en el poema “El Futuro” (y sé muy bien que no estarás), en “No se culpe a nadie” cada vez que alguien se saca un pulóver.

Cada lector tiene sus manías, sus mapas, sus caminos personalísimos que lo llevan de un libro a otro. Con Cortázar me sucede que, contrario a la lógica, no quiero terminar de leerlo. Quiero decir, que voluntariamente retraso parte de su obra y la guardo “para después”. También me ocurre que vuelvo, siempre, a ciertos cuentos, a su poesía, a Rayuela (a mi Rayuela subrayada a través de los años y partida a la mitad en el capítulo 73: sí , pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette…”).

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Lo último que leí de Cortázar fue el compilado que lanzó Alfaguara de sus “Clases de literatura”. Se trata de la desgrabación completa de una serie de lecciones que impartió en la universidad de Berkeley (California) en 1980. A través de la lectura de textos propios y ajenos, se explaya acerca del oficio del escritor, la estructura del cuento, lo fantástico, el tiempo, la fatalidad, el realismo, lo autobiográfico y el humor, entre otras cuestiones.

El encuentro con el Cortázar-profesor fue un complemento mágico, una de esas cosas que a uno lo hacen desear con fuerza haber nacido en otra época, para encontrarlo frente al pizarrón de algún aula. Y escuchar.

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Filosofía barata.

Hablábamos de la pasión. De los procesos internos, el tiempo, las experiencias y los años, siempre en la búsqueda del sentido de las cosas (“Ningún hombre ha sido nunca por completo él mismo. Pero todos aspiran a llegar a serlo”, dice Hesse).

Hay quienes descubren a temprana edad su para qué en la vida, su talento, ¿su gracia? Para el resto de los mortales pueden pasar años. De intentos fallidos, de ver con mayor o menor claridad, de bifurcaciones, marchas y contramarchas. No tanto para definir qué es lo que se ama (en algún momento, inevitablemente, uno lo sabe), sino para adquirir la convicción necesaria que nos permita seguirlo con tenacidad, hasta las últimas consecuencias. “No puede ser que estemos aquí para no poder ser”, se queja Oliveira en Rayuela.

Era, de la noche, el final.
Y del mate, la tercera pava.

Hablábamos de la pasión: “creo que el mejor ejercicio para encontrarse cara a cara con aquello que a uno lo apasiona es pensar nuestra vida sin eso”. Pensar en algo de lo que no podamos escaparnos porque tiene fuerza de mandato, porque se nos filtra por cada hendija como una cañería rota y se vuelve más intenso en la medida en que tratamos de eludirlo. Algo cuya ausencia (o la mera posibilidad de su ausencia) nos lleve a sentir que morimos un poco. O del todo. Algo que brote desde el interior de nuestras vísceras con la fuerza incontenible y arrasadora del más feroz de los volcanes. Algo que pulverice los relojes y nos haga temblar y soñar y temer.

No imagino mi vida sin escribir. Cualquier otra cosa es prescindible, fluctuante, pasajera. Pero las palabras…

Para mí, la vida está hecha de imágenes, de diálogos y descripciones. De principios, nudos y desenlaces. Todo el tiempo, en todas partes. Las historias laten en la calle, en las conversaciones nocturnas, en las casualidades que no son y en los recuerdos que aparecen sin avisar. Escribir como una forma de entender el mundo, de aprehenderlo: las cosas existen cuando son contadas.

Encadenar palabras, una-detrás-de-otra, es también es mi manera de sufrir, de despejar encrucijadas, de tomar decisiones o bien, de dejarme arrastrar por el miedo.

Y sin embargo me pesa la conciencia de saber y, aún así, no arriesgar, no salir de la mediocridad de los días en los que pareciera que no hay nada por decir, no pasar de algunas frases sueltas que se quedan atrapadas en el limbo a donde van todas las cosas inconclusas. Me pesa el vértigo de saberme como un nadador detenido al final de un trampolín, sin decidirse a saltar. Overthinking, that’s the problem. Por qué, te quedás en vía muerta, por qué te quedás en la puerta, canta Charly y algo en mí se inquieta.  No te animas a despegar.

Lo que mata
es la distancia
entre lo que uno es
y lo que sueña.