Cartografías/1

Salíamos de noche, como fugitivos. Nos dejaban llevar mantas y almohadas, así los tres dormíamos un rato más, hasta que el sol empezaba a desempañar los vidrios y el paisaje de la ventanilla ya no se parecía a Luján.

En la luneta del auto guardábamos una caja con los casetes, que eran la banda de sonido del viaje. Amábamos a María Elena Walsh. Yo leía los carteles de la ruta con la voz impostada de las personas de la radio y vocación de GPS: máxima 80, curva peligrosa, Río Cuarto 300 kilómetros.

En el asiento del acompañante, mamá llevaba un mapa que desplegaba por completo, casi hasta cubrirse ella misma. Sabía a qué ciudad íbamos a ir primero y a cuál después, a qué Parque Nacional y a qué museos.

Mamá nos contaba el mundo mientras lo veíamos pasar por la ventana. Aprendíamos el relieve y el clima y por qué de un lado las montañas eran tan verdes y, al dar la vuelta, no había más que tierra reseca. Armábamos un rompecabezas que era la Argentina con todas las provincias –la bota larga es Santa Fe, la bota corta es Jujuy, San Juan parece un fantasma, en las Malvinas estuvo papá, ahí, bien abajo, la guerra y el frío-.

Cada verano en las sierras creíamos que podíamos bajarnos del auto y correr hasta la cima de esos montes de terciopelo. Pero cuando llegábamos al principio del camino, la alfombra se transformaba en un bosque apretado de espinillos arbustos pastos secos. Era el desencanto: la sensación de que acercarnos sólo servía para saber lo lejos que estábamos.

Entonces había que buscar el sendero y seguirlo hasta el final, arrancar hojas de peperina y menta, cuidarse de las víboras que salían a tomar sol. Y desafiar el vértigo de mamá, asomados al precipicio, mirando todas las cosas como miniaturas, como una maqueta de las que hacíamos en la escuela, el río de plastilina azul, la serpentina del asfalto zigzagueando en la ladera del cerro.

Scones

Hoy me puse a ordenar papeles.

Agendas viejas, listas de supermercado, de libros, facturas de cosas que compré hace demasiado tiempo, el contrato de alquiler de un lugar en el que ya no vivo, entradas de recitales, folletos de viajes, fotos, recortes de diario, tarjetas de cumpleaños, señaladores, apuntes, trámites, diplomas, recibos de la luz, de todas las veces que no pagué el ABL a tiempo, la tarjeta de un gasista, el número de un flete.

En medio de ese caos de insignificancias, un papel doblado a la mitad enumera los ingredientes para preparar scones.

Escribí esa lista hace tres o cuatro años, con la intención de recordar ciertas cantidades (cuánta manteca, cuánto de azúcar). Ahora, un día cualquiera del mes de junio, vuelvo a leerla y puedo escuchar (todavía) la voz de mi abuela que me las dicta desde la cocina de su casa.

Algunos objetos tienen la capacidad de arrancarnos del lugar en el que estamos y trasladarnos a otro tiempo. No es que nos-traen-un-recuerdo-a-la-memoria, es algo más brutal: nos depositan con el cuerpo y con el alma, sin preguntarnos siquiera, en un instante preciso.

“Cien gramos de manteca, una taza de azúcar, dos tazas de harina Blancaflor…”, me dice con voz de pajarito. Le pregunto cuál es el secreto y me dice que si cumplo la receta al pie de la letra, me van a salir como a ella.

El caos de papeles disminuyó un poco y se me ocurre, de pronto, que la palabra “Blancaflor” empieza igual que su nombre. Coincidencias. A ella también le causaría gracia.

Leo, otra vez, la lista de ingredientes (no te olvides de ponerle ralladura de limón).

Igual que ciertos caracoles, que en su interior de nácar contienen el sonido del mar, esa lista lleva adherida una voz, un par de ojos pequeños, una nariz de varias generaciones y el pelo, un pelo como de nube. Ojalá fuera suficiente sostener la mirada el tiempo preciso, para volver. Habitar por un rato su cocina (y saber que será el último), compartir unos mates, contarle algunas cosas, comer esos scones que recién dejaron el horno y que sé que no, a mí nunca me van a salir.

(Crédito foto: Benson Kua)

Paraíso perdido

El barrio está

igual que ayer,

voltearon la casa de al lado.

(Fito Paez, Del ’63)La puerta que ya no es

 – ¿Qué pasó?

– Se fueron.

Se fueron, dijo mi hermano cuando pregunté por los vecinos. Se fueron, como quien sale a comprar el pan o a llevar un hijo al colegio. Era febrero, hacía calor. Yo estaba en la casa de mi familia en Luján (en mi casa, porque todavía no sé si hay un momento en el que uno deja de llamar así al lugar donde ha vivido tantas cosas).

Me asomé al tapial, los ladrillos quemaban por el sol, y comprobé que era cierto, que se habían ido, que no había nada. Me refiero a que donde antes estaban ellos, una casa, los perros y un estanque con agua podrida, ahora no había nadie, nada. No quedaba ni el loro (y es absurdo pero cierto: tenían uno y también se lo llevaron).

Lo que vi cuando me asomé al tapial esa tarde fue un rectángulo extenso de tierra removida, una planicie desierta: era como si hubieran levantado la carpa de un circo, como si los años pudieran cargarse en un vagón de tren y seguir viaje a cualquier otra parte. Como si fuera posible irse sin dejar rastros.

***

Maxi cuenta hasta cien en la pared blanca. Los demás corremos a buscar dónde escondernos. Ninguno tiene más de 10 años. Algunos lugares son obvios: los galpones, el hueco que está debajo de la parrilla, el Peugeot viejo del abuelo. Me quedo detrás del molino, los arbustos me cubren apenas. Hay que hacer todo el silencio que se pueda, así que contengo el aire hasta que los cachetes se inflan.

De pronto es un zumbido multitudinario y el dolor agudo de dos o tres pinches en la espalda y en el cuello. No entiendo qué pasa pero sé que hay que correr. Grito. Y es un grito de espanto. Cruzo a ciegas la calle de tierra, atravieso de memoria el quincho donde almorzamos los domingos, me saco la campera y la tiro lejos. Entonces caen al piso, muertos, unos abejorros negros.

Ese día aprendo a no pararme nunca más debajo de un panal. Y también aprendo el miedo, a esos pinchazos de abeja y al que vino después, en el hospital, a donde me llevan volando justo cuando la reacción alérgica empieza a cerrarme la garganta.

***

Otro día mamá nos lleva al colegio en el auto pero no podemos salir de casa. En la calle hay máquinas amarillas, inmensas. Desde un tractor con pala mecánica, un señor nos dice que ‘viene el asfalto’.

Al principio, cuando viene el asfalto es divertido porque podés andar en bicicleta por la cinta negra reluciente, sentir que sos el primero que pone sus pies ahí. Al principio. Después los lugares de siempre se llenan de autos, la noche de bocinas, la libertad de advertencias de no cruces la calle.

No pasa mucho tiempo y la cosa empeora: la autopista despliega sus tentáculos de cemento, construyen una YPF gigante en la esquina, sacan los alambrados.

En el patio hay tapiales de ladrillos huecos que nos separan de la remisería del fondo y del vecino de al lado, que adiestra perros rottweilers.

Ahora, cuando la pelota de mis hermanos se va a la casa de Maxi, no vuelve.

Estamos en el 2001. Vemos las torres caer por TV, las cacerolas, el vuelo, la fuga. Todo se desarma y se desintegra, adentro, afuera. Presentimos la metamorfosis como una tormenta de verano, cuando los perros le ladran al cielo y los insectos impactan contra las ventanas. Después de la lluvia todo se habrá convertido en alguna otra cosa.

 

La colina

Lo hablamos mil veces. Las ganas de volver el tiempo atrás, a esos años en los que nuestras preocupaciones eran otras y lo más jodido que había que afrontar eran los finales de diciembre. Cuando todavía no sabíamos nada.

Hoy estuve ahí: fui a Pilar, me tomé el Rutabús con el cartel de La Lomita en la plaza y me bajé en el puente donde está la barrera. Me asomé por algunas ventanas tratando de ver los espacios como por primera vez, intenté asombrarme por algo: el lago, unos búhos chillones, el pasto todavía húmedo por el rocío de la mañana. Traté, y fue inútil, que el edificio verde de la biblioteca volviera a parecerme tan horrendo y fuera de lugar como siempre (tache lo que no corresponda: ese edificio). Pero ya había visto todo mil veces y no había forma de recuperar la inocencia de la mirada, la novedad del recién llegado.

Caminé, por pura nostalgia, hasta esa lomada que llamábamos ‘la colina’ (casi casi nada me resulta pasajero…) y me detuve en el lugar exacto, ustedes saben: el agua ahí nomás, el mate, las charlas infinitas antes de cursar. Ese punto en el terreno que contiene a las que éramos hace cuatro años: lo que queríamos en la vida, lo que ignorábamos, los planes que empezaban a tejerse minuciosamente a nuestras espaldas aunque no supiéramos con exactitud hacia dónde, cómo.

Podría haberlas extrañado, pero las tenía cerca: un mensaje de whatsapp, ‘enviar foto’ y ustedes ya estaban mirando lo que yo veía, esa colina donde ya no estamos, esos tiempos que ya no son.

Sin embargo, pensé -ahí, detenida en la colina- que estaba bien no volver. Que nos prefiero hoy, compartiendo viajes, mudanzas y proyectos, todo esto que nos pasa y que entonces ni se nos cruzaba por la cabeza. Que prefiero este presente hecho de cal y arena, aunque le falten cosas y otras parezcan tan frágiles, aunque tampoco sepamos con exactitud hacia dónde, cómo.

Dame luz.

delicate_sound_of_thunder

 Fuente*: www.modernmasters.co.uk

No me preguntes por qué, pero me levanté sobresaltada, dos de la mañana, y fui directo a desenchufar la batería de la computadora. La luz del departamento se había cortado y yo, sumergida en el principio del sueño, por alguna extraña razón me había dado cuenta, lo sabía.

Desenchufé la batería con el corazón al galope porque justamente -o más bien, injustamente-, había tenido que comprar una nueva algunos días atrás. 500 pesos que no pensaba gastar al inicio del mes, por culpa de un bajón en la tensión eléctrica.

Y ahora otra vez.

La luz cortada y yo sin posibilidad de comprobar si el cargador funciona (me alivia, por un lado, pensar que tengo en mi poder una garantía, aunque no sé si cubre estos casos de doble mala suerte). En el tablero que está junto a la puerta, todas las perillas apuntan hacia arriba: mis rudimentarios conocimientos de electricidad me indican que –entonces- debe ser todo el edificio el que ha quedado súbitamente a oscuras. No es mi culpa, me consuelo. Y a fin de cuentas, importa poco. (Tantas veces no es nuestra culpa y aún así, las cosas nos dañan lo mismo).

Me pregunto si la falta de luz genera algún tipo de vacío sonoro. Quiero decir: cuando el lavarropas culmina su ciclo nos damos cuenta, cuando el vecino deja de martillar la pared, también. ¿Hay algo así, como el final de un sonido al que nos hemos acostumbrado, cuando la luz se va?

Durante toda mi infancia, mi abuelo tuvo telares. Dos galpones enormes con máquinas que hilaban sin descanso, de la mañana a la tarde. Una vez en la escuela nos pidieron que grabáramos en un cassette los sonidos de nuestro barrio (o de nuestra casa, no recuerdo con exactitud). A mí me encantó la idea. Y por supuesto, una de las cosas que grabé fueron los telares. O mejor dicho, el ruido mecánico de esas máquinas que convertían conos de hilo en lienzos de algodón y que a mí me parecían el misterio más grande. La cuestión es que un día (en la infancia todo sucede de repente, a uno no le explican cómo es que las cosas empiezan o se terminan), los telares de mi abuelo dejaron de funcionar. Y mi casa, el patio, se quedaron en silencio. Se respiraba un ambiente como de fin de ciclo, de ausencia: algo se había roto para siempre. No importaba que no se tratara de un sonido precisamente agradable. A la distancia creo que, en cierta forma, lo que extrañábamos era la familiaridad de ese ruido, el modo en que marcaba el compás de nuestras rutinas.

Lo que se repite invariablemente nos hace sentir seguros. Por eso, cuando algo en nuestra cotidianeidad se altera, nuestra primera reacción es el miedo. Y también, cierta sensación de extrañeza.

Debe haber, decía, algún tipo de vacío sonoro cuando la luz se va. Necesito comprobar esa teoría. De otro modo, ¿qué explicación podría atribuir al hecho de que yo, dormidora serial, haya salido catapultada de mi cama a estas horas? ¿Habrá alguien más, arriba, abajo o en los departamentos contiguos, insomne, temeroso por sus artefactos enchufados? ¿O estarán todos quietos, los ojos cerrados, los sueños paseándose tranquilos, los cuerpos inmunes al apagón?

Pensé en salir en pantuflas al pasillo, chequear si las luces de allí se encendían, pero la verdad es que me siento más segura acá, aunque la pantalla ya me obliga a forzar la vista y tengo sueño. En realidad, no tiene mucho sentido quedarme despierta hasta que la luz se decida a regresar. Tampoco tiene mucho sentido haber recordado la historia de los telares, esas cosas en las que uno no piensa y que aparecen, como si nada, como si hubieran estado todo el tiempo en la superficie, cuando sabemos bien que no es así.

Algo de razón tenían Dalí y los surrealistas con eso de la frontera entre la vigilia y el sueño. Es como una grieta por donde se asoman las imágenes que están, pero invisibles, ocultas.

Son las cuatro de la madrugada, me voy a dormir. Y aunque no sueñe con el golpeteo mecánico de los telares -o quizás sí- podré decir que la luz que se fue, al menos, me trajo algo de vuelta.

 

*NOTA: La foto que ilustra este post pertenece a la tapa del álbum de Pink Floyd “Delicate sound of thunder“, grabado en vivo y lanzado en 1988. Con claras influencias surrealistas (el traje cubierto con bombillas eléctricas del hombre en primer plano recuerda a “la chaqueta afrodisíaca”,  de Salvador Dalí), simboliza el encuentro entre la Luz y el Sonido (lamparitas y pájaros).