La colina

Lo hablamos mil veces. Las ganas de volver el tiempo atrás, a esos años en los que nuestras preocupaciones eran otras y lo más jodido que había que afrontar eran los finales de diciembre. Cuando todavía no sabíamos nada.

Hoy estuve ahí: fui a Pilar, me tomé el Rutabús con el cartel de La Lomita en la plaza y me bajé en el puente donde está la barrera. Me asomé por algunas ventanas tratando de ver los espacios como por primera vez, intenté asombrarme por algo: el lago, unos búhos chillones, el pasto todavía húmedo por el rocío de la mañana. Traté, y fue inútil, que el edificio verde de la biblioteca volviera a parecerme tan horrendo y fuera de lugar como siempre (tache lo que no corresponda: ese edificio). Pero ya había visto todo mil veces y no había forma de recuperar la inocencia de la mirada, la novedad del recién llegado.

Caminé, por pura nostalgia, hasta esa lomada que llamábamos ‘la colina’ (casi casi nada me resulta pasajero…) y me detuve en el lugar exacto, ustedes saben: el agua ahí nomás, el mate, las charlas infinitas antes de cursar. Ese punto en el terreno que contiene a las que éramos hace cuatro años: lo que queríamos en la vida, lo que ignorábamos, los planes que empezaban a tejerse minuciosamente a nuestras espaldas aunque no supiéramos con exactitud hacia dónde, cómo.

Podría haberlas extrañado, pero las tenía cerca: un mensaje de whatsapp, ‘enviar foto’ y ustedes ya estaban mirando lo que yo veía, esa colina donde ya no estamos, esos tiempos que ya no son.

Sin embargo, pensé -ahí, detenida en la colina- que estaba bien no volver. Que nos prefiero hoy, compartiendo viajes, mudanzas y proyectos, todo esto que nos pasa y que entonces ni se nos cruzaba por la cabeza. Que prefiero este presente hecho de cal y arena, aunque le falten cosas y otras parezcan tan frágiles, aunque tampoco sepamos con exactitud hacia dónde, cómo.

(Paréntesis)

Cuando espero mucho algo, todo lo demás aparece como suspendido, la vida se queda en stand by y no puedo encajar en las actividades cotidianas: se abre un paréntesis en el cauce normal de las cosas. (Paréntesis: desvío temporal, ruptura, interrupción, pausa). Entonces es la ansiedad, la agonía lenta de las horas que se van aunque no se sepa muy bien en qué. Dar vueltas, como un gato que busca dónde reposar y tiene que elegir el lugar exacto y se enrosca sobre sí mismo y amasa los almohadones y se lame, obsesivamente, desde el lomo hasta la punta de la cola, en un loop frenético que lo devuelve siempre al punto de partida. Pienso que en ese hacer y deshacer de los movimientos felinos se esconde algo así como un síndrome de Penélope, una manera de sentir que se está haciendo algo, de estirar el tiempo hasta que llegue el objeto anhelado. (Odiseo, el sueño que vence los ojos gatunos, un llamado, o lo que sea que desvele a cada uno).

La angustia de la espera es peor cuando se tiene conciencia exacta del transcurso de cada minuto, cuando se enfocan todas las energías en el suceso que se pretende que ocurra. Por eso el consejo a mano es siempre el mismo: pensar en otra cosa, mantenerse ocupado, engañar a la mente. Pero qué se hace cuando no se puede. Qué se hace ante la imposibilidad de orientar el pensamiento en otra dirección. “Quizá yo acabe por gastar el Zahir a fuerza de pensarlo y repensarlo” dice Borges en ese cuento sobre lo inolvidable, que describe el momento en que algo (una moneda de veinte centavos, un objeto cualquiera) se vuelve una idea obstinada y recurrente, de la que ya no se podrá huir porque encierra -ella sola- el universo entero. “Lo que no es el Zahir me llega tamizado y como lejano”, continúa Borges en otro pasaje. Todo lo demás es niebla, interferencia, ruido.

Esperar no tiene buena prensa. Hay que hacer otra cosa, no importa qué pero hacer algo, llenar los espacios vacíos con tareas inútiles, y que el tiempo se vaya igual pero sin que nos demos cuenta. (Estar ocupados es una forma de estar a salvo). Hay que sacar el celular del bolsillo y mirar la hora con devoción insensata mientras se espera en una esquina. Hay que agarrar un libro y recorrer sus páginas sin detenerse en las palabras. Hay que prender un cigarrillo en la parada del colectivo y repetir de memoria cada cartel, cada negocio que pasa por la ventanilla durante el recorrido. Hay que llenar los silencios en los ascensores, en las filas de los bancos y en los almuerzos. Que nadie sepa (ni siquiera nosotros mismos) que transitamos una espera insoportable, que el techo se nos cae encima, que nos morimos de deseo.

Dame luz.

delicate_sound_of_thunder

 Fuente*: www.modernmasters.co.uk

No me preguntes por qué, pero me levanté sobresaltada, dos de la mañana, y fui directo a desenchufar la batería de la computadora. La luz del departamento se había cortado y yo, sumergida en el principio del sueño, por alguna extraña razón me había dado cuenta, lo sabía.

Desenchufé la batería con el corazón al galope porque justamente -o más bien, injustamente-, había tenido que comprar una nueva algunos días atrás. 500 pesos que no pensaba gastar al inicio del mes, por culpa de un bajón en la tensión eléctrica.

Y ahora otra vez.

La luz cortada y yo sin posibilidad de comprobar si el cargador funciona (me alivia, por un lado, pensar que tengo en mi poder una garantía, aunque no sé si cubre estos casos de doble mala suerte). En el tablero que está junto a la puerta, todas las perillas apuntan hacia arriba: mis rudimentarios conocimientos de electricidad me indican que –entonces- debe ser todo el edificio el que ha quedado súbitamente a oscuras. No es mi culpa, me consuelo. Y a fin de cuentas, importa poco. (Tantas veces no es nuestra culpa y aún así, las cosas nos dañan lo mismo).

Me pregunto si la falta de luz genera algún tipo de vacío sonoro. Quiero decir: cuando el lavarropas culmina su ciclo nos damos cuenta, cuando el vecino deja de martillar la pared, también. ¿Hay algo así, como el final de un sonido al que nos hemos acostumbrado, cuando la luz se va?

Durante toda mi infancia, mi abuelo tuvo telares. Dos galpones enormes con máquinas que hilaban sin descanso, de la mañana a la tarde. Una vez en la escuela nos pidieron que grabáramos en un cassette los sonidos de nuestro barrio (o de nuestra casa, no recuerdo con exactitud). A mí me encantó la idea. Y por supuesto, una de las cosas que grabé fueron los telares. O mejor dicho, el ruido mecánico de esas máquinas que convertían conos de hilo en lienzos de algodón y que a mí me parecían el misterio más grande. La cuestión es que un día (en la infancia todo sucede de repente, a uno no le explican cómo es que las cosas empiezan o se terminan), los telares de mi abuelo dejaron de funcionar. Y mi casa, el patio, se quedaron en silencio. Se respiraba un ambiente como de fin de ciclo, de ausencia: algo se había roto para siempre. No importaba que no se tratara de un sonido precisamente agradable. A la distancia creo que, en cierta forma, lo que extrañábamos era la familiaridad de ese ruido, el modo en que marcaba el compás de nuestras rutinas.

Lo que se repite invariablemente nos hace sentir seguros. Por eso, cuando algo en nuestra cotidianeidad se altera, nuestra primera reacción es el miedo. Y también, cierta sensación de extrañeza.

Debe haber, decía, algún tipo de vacío sonoro cuando la luz se va. Necesito comprobar esa teoría. De otro modo, ¿qué explicación podría atribuir al hecho de que yo, dormidora serial, haya salido catapultada de mi cama a estas horas? ¿Habrá alguien más, arriba, abajo o en los departamentos contiguos, insomne, temeroso por sus artefactos enchufados? ¿O estarán todos quietos, los ojos cerrados, los sueños paseándose tranquilos, los cuerpos inmunes al apagón?

Pensé en salir en pantuflas al pasillo, chequear si las luces de allí se encendían, pero la verdad es que me siento más segura acá, aunque la pantalla ya me obliga a forzar la vista y tengo sueño. En realidad, no tiene mucho sentido quedarme despierta hasta que la luz se decida a regresar. Tampoco tiene mucho sentido haber recordado la historia de los telares, esas cosas en las que uno no piensa y que aparecen, como si nada, como si hubieran estado todo el tiempo en la superficie, cuando sabemos bien que no es así.

Algo de razón tenían Dalí y los surrealistas con eso de la frontera entre la vigilia y el sueño. Es como una grieta por donde se asoman las imágenes que están, pero invisibles, ocultas.

Son las cuatro de la madrugada, me voy a dormir. Y aunque no sueñe con el golpeteo mecánico de los telares -o quizás sí- podré decir que la luz que se fue, al menos, me trajo algo de vuelta.

 

*NOTA: La foto que ilustra este post pertenece a la tapa del álbum de Pink Floyd “Delicate sound of thunder“, grabado en vivo y lanzado en 1988. Con claras influencias surrealistas (el traje cubierto con bombillas eléctricas del hombre en primer plano recuerda a “la chaqueta afrodisíaca”,  de Salvador Dalí), simboliza el encuentro entre la Luz y el Sonido (lamparitas y pájaros).

Filosofía barata.

Hablábamos de la pasión. De los procesos internos, el tiempo, las experiencias y los años, siempre en la búsqueda del sentido de las cosas (“Ningún hombre ha sido nunca por completo él mismo. Pero todos aspiran a llegar a serlo”, dice Hesse).

Hay quienes descubren a temprana edad su para qué en la vida, su talento, ¿su gracia? Para el resto de los mortales pueden pasar años. De intentos fallidos, de ver con mayor o menor claridad, de bifurcaciones, marchas y contramarchas. No tanto para definir qué es lo que se ama (en algún momento, inevitablemente, uno lo sabe), sino para adquirir la convicción necesaria que nos permita seguirlo con tenacidad, hasta las últimas consecuencias. “No puede ser que estemos aquí para no poder ser”, se queja Oliveira en Rayuela.

Era, de la noche, el final.
Y del mate, la tercera pava.

Hablábamos de la pasión: “creo que el mejor ejercicio para encontrarse cara a cara con aquello que a uno lo apasiona es pensar nuestra vida sin eso”. Pensar en algo de lo que no podamos escaparnos porque tiene fuerza de mandato, porque se nos filtra por cada hendija como una cañería rota y se vuelve más intenso en la medida en que tratamos de eludirlo. Algo cuya ausencia (o la mera posibilidad de su ausencia) nos lleve a sentir que morimos un poco. O del todo. Algo que brote desde el interior de nuestras vísceras con la fuerza incontenible y arrasadora del más feroz de los volcanes. Algo que pulverice los relojes y nos haga temblar y soñar y temer.

No imagino mi vida sin escribir. Cualquier otra cosa es prescindible, fluctuante, pasajera. Pero las palabras…

Para mí, la vida está hecha de imágenes, de diálogos y descripciones. De principios, nudos y desenlaces. Todo el tiempo, en todas partes. Las historias laten en la calle, en las conversaciones nocturnas, en las casualidades que no son y en los recuerdos que aparecen sin avisar. Escribir como una forma de entender el mundo, de aprehenderlo: las cosas existen cuando son contadas.

Encadenar palabras, una-detrás-de-otra, es también es mi manera de sufrir, de despejar encrucijadas, de tomar decisiones o bien, de dejarme arrastrar por el miedo.

Y sin embargo me pesa la conciencia de saber y, aún así, no arriesgar, no salir de la mediocridad de los días en los que pareciera que no hay nada por decir, no pasar de algunas frases sueltas que se quedan atrapadas en el limbo a donde van todas las cosas inconclusas. Me pesa el vértigo de saberme como un nadador detenido al final de un trampolín, sin decidirse a saltar. Overthinking, that’s the problem. Por qué, te quedás en vía muerta, por qué te quedás en la puerta, canta Charly y algo en mí se inquieta.  No te animas a despegar.

Lo que mata
es la distancia
entre lo que uno es
y lo que sueña.

La pared.

Hace un rato, en las paredes de los edificios cercanos al mío, se veían destellos rosas, rojizos, anaranjados. Eran indicios de un atardecer de esos que no-se-pueden-dejar-de-mirar, porque ejercen sobre uno un magnetismo cercano al embrujo y los ojos se quedan ahí, petrificados.

Pero no pude verlo. Entre las paredes de los edificios cercanos al mío hay una pared inmensa, que divide en dos mi campo visual. Es cielo, ventanas y patios ajenos de un lado, y pared, pared blanca, insulsa, doña pared, paredón, del otro.

Pesa sobre mi hogar la prohibición de ver atardeceres. Y pesa, sobre todo, después de una linda lluvia. No siempre fue así. Antes, desde otra calle, desde otro balcón, vi atardeceres inolvidables. [El de la foto fue uno de esos].

Ahora entiendo por qué quería absorberlos con la mirada, envolverlos para llevar, hacer una captura de pantalla mental. Es que a veces -no podemos saber cuándo- nos toca pared.

Respuestas.

¿Será que las respuestas a todo están en alguna parte agazapadas, esperándonos? Bajé a tomar el subte de vuelta a casa. Me senté en un banco de madera, la mochila entre las rodillas, mi atención puesta en localizar el libro que podría haber terminado el fin de semana (pero no) y que estaba ahí, en el fondo, aprisionado en medio de la ropa.

No pensaba más que en eso cuando vi acercarse al muchacho de las pulseras de macramé. Me preguntó si quería comprar alguna y le dije que no, que gracias. Después dijo no sé qué cosa de mi sonrisa y se sentó en la mitad vacía del banco.

Tomó un alambre fino, brillante, de color rojo. Y se despachó con un discurso sobre la vida y los talentos de cada persona y cómo el miedo y la rutina nos aplastan y el talento se queda en el fondo del cajón. Y con cada frase el alambre en sus manos formaba algo, un dibujo ondulado, una flor que también era una estrella que también era un espiral o un sol como el que dibujan los nenes en los cuadernos con tapas de papel araña.

Como todo discurso, el suyo era bastante genérico, universal. Me lo decía a mí pero bien podía valer para cualquier otra chica de otro banco de otra estación. Como el horóscopo del día, como un par de guantes. Podía valer, ese discurso, para todas las personas del mundo capaces de sentir la desazón de lo que no llega, la confianza íntima en lo que se sabe que se es -o que se podría ser-, salpicada por algunas inseguridades aquí o allá que nos asaltan casi siempre por las noches y nos dejan –inmóviles-, a la orilla del sueño, con los ojos abiertos de par en par.

Será que las respuestas a todo están en alguna parte agazapadas, esperándonos –pensé- y le agradecí: el discurso, la pequeña escultura de alambre. A veces somos tan parecidos. Nos reconfortan las mismas palabras, nos duelen las mismas penas. A veces.

-“¿Te vas a trepar a ese infierno?”- me preguntó cuando llegó el tren atestado de gente.
-“No. Al próximo”.

Quise leer pero estaba pensando en otra cosa.

Después llegó el siguiente subte, cerré el libro, levanté la mirada: una chica rubia sonreía en el otro extremo del andén. Llevaba una figura de alambre en la mano. Escuchaba un discurso bastante genérico, universal. Y sin embargo, sentía que estaba hecho para ella.